-¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo de su
vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan indecente a su
calidad como vuestra merced puede ver?
Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y abrazándole, dijo:
-¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que os han
movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la calidad
vuestra?
Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder palabra al oidor;
el cual dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría bien; y tomando por la
mano a don Luis, le apartó a una parte y le preguntó qué venida había sido aquélla.
Y en tanto que le hacía estas y otras preguntas, oyeron grandes voces a la puerta
de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella noche habían
alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los cuatro
buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían; mas el ventero, que
atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la puerta, y pidió su
paga, y les afeó su mala intención con tales palabras, que les movió a que les
respondiesen con los puños; y así, le comenzaron a dar tal mano, que el pobre
ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron
a otro más desocupado para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de
la ventera dijo:
-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi pobre
padre; que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.
A lo cual respondió don Quijote muy de espacio y con mucha flema:
-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido
de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mí
palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros, es lo que ahora
diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que
pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido licencia a la
princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella me la da, tened
por cierto que yo le sacaré della.
-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-. Primero que vuestra
merced alcance esa licencia que dice estará ya mi señor en el otro mundo.
-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió don Quijote-;
que como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro mundo; que de allí le
sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os daré tal
venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis más que medianamente
satisfechas.
Y sin decir más, se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole con palabras
caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia de
acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una grave
mengua.
La princesa se la dio de buen talante, y él luego, embrazando su adarga y poniendo
mano a su espada, acudió a la puerta de la venta, adonde aún todavía traían los
dos huéspedes a mal traer al ventero; pero así como llegó, embazó y se estuvo