y seis años; que para el día de San Miguel que vendrá dice mi padre que los
cumplo.
No pudo dejar de reírse Dorotea oyendo cuán como niña hablaba doña Clara, a
quien dijo:
-Reposemos, señora, lo poco que creo que queda de la noche, y amanecerá Dios y
medraremos, o mal me andarán las manos.
Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;
solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes su criada, las cuales, como
ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la venta
armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las dos de hacelle alguna
burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oyéndole sus disparates.
Es, pues, el caso, que en toda la venta no había ventana que saliese al campo, sino
un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera. A este agujero se
pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba a caballo,
recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tan dolientes y profundos
suspiros, que parecía que con cada uno se le arrancaba el alma. Y asimesmo
oyeron que decía con voz blanda, regalada y amorosa:
-¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la
discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y, ultimadamente,
idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! Y ¿qué fará
agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes en tu cautivo caballero,
que a tantos peligros, por sólo servirte, de su voluntad ha querido ponerse? Dame
tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras! Quizá con envidia de la suya la
estás ahora mirando, que, o paseándose por alguna galería de sus suntuosos
palacios, o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva
su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado
corazón padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado, y,
finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya
debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi
señora, así como la veas, suplicote que de mi parte la saludes; pero guárdate que
al verla y saludarla no le des paz en el rostro; que tendré más celos de ti que tú los
tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de
Tesalia, o por las riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste
entonces celoso y enamorado.
A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento,
cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y a decirle:
-Señor mío, lléguese acá la vuestra merced, si es servido.
A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio a la luz de la luna, que
entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujero que a él le
pareció ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos
castillos como él se imaginaba que era aquella venta; y luego en el instante se le
representó en su loca imaginación que otra vez, como la pasada, la doncella
fermosa, hija de la señora de aquel castillo, vencida de su amor, tornaba a
solicitarle; y con este pensamiento, por no mostrarse descortés y desagradecido,
volvió las riendas a Rocinante y se llegó al agujero, y así como vio a las dos mozas,
dijo: