Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara; todo lo cual encendía el
deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto y de tan triste
lloro; y así, le volvió a preguntar qué era lo que le quería decir denantes. Entonces
Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese, abrazando estrechamente a Dorotea,
puso su boca tan junto del oído de Dorotea, que seguramente podía hablar sin ser
de otro sentida, y así le dijo:
-Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero natural del reino de Aragón,
señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mi padre en la corte; y
aunque mi padre tenía las ventanas de su casa con lienzos en el invierno y celosías
en el verano, yo no se lo que fue, ni lo que no, que este caballero, que andaba al
estudio, me vio, ni sé si en la iglesia o en otra parte. Finalmente, él se enamoró de
mi, y me lo dio a entender desde las ventanas de su casa con tantas señas y con
tantas lágrimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me quería.
Entre las señas que me hacia era una de juntarse la una mano con la otra,
dándome a entender que se casaría conmigo; y aunque yo me holgaría mucho de
que ansí fuera, como sola y sin madre, no sabía con quién comunicallo, y así, lo
dejé estar sin dalle otro favor si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el
suyo también, alzar un poco el lienzo o la celosía, y dejarme ver toda; de lo que él
hacía tanta fiesta, que daba señales de volverse loco. Llegóse en esto el tiempo de
la partida de mi padre, la cual él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo. Cayó
malo, a lo que yo entiendo, de pesadumbre, y así, el día que nos partimos nunca
pude verle para despedirme dél siquiera con los ojos; pero a cabo de dos días que
caminábamos, al entrar de una posada en un lugar una jornada de aquí, le vi a la
puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tan al natural, que si yo no
le trujera tan retratado en mi alma, fuera imposible conocelle. Conocíle, admiréme
y alegréme; él me miró a hurto de mi padre, de quien él siempre se esconde
cuando atraviesa por delante de mi en los caminos y en las posadas do llegamos; y
como yo sé quién es, y considero que por amor de mí viene a pie y con tanto
trabajo, muérome de pesadumbre, y adonde él pone los pies pongo yo los ojos. No
sé con qué intención viene, ni cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere
extraordinariamente, porque no tiene otro heredero, y porque él lo merece, como lo
verá vuestra merced cuando le vea. Y más le sé decir: que todo aquello que canta
lo saca de su cabeza; que he oído decir que es muy grande estudiante y poeta. Y
hay más: que cada vez que le veo o le oigo cantar tiemblo toda y me sobresalto,
temerosa de que mi padre le conozca, y venga en conocimiento de nuestros
deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le quiero de manera,
que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora mía, todo lo que os puedo decir
deste músico cuya voz tanto os ha contentado; que en sola ella echaréis bien de
ver que no es mozo de mulas, como decís, sino señor de almas y lugares como yo
os he dicho.
-No digáis más, señora doña Clara -dijo a esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil
veces-; no digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo día; que yo espero en
Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el felice fin que tan
honestos principios merecen.
-¡Ay, señora! -dijo doña Clara-, ¿qué fin se puede esperar, si su padre es tan
principal y tan rico, que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su hijo,
cuanto más su esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo haré por cuanto
hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y me dejase; quizá con
no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviaría la pena que
ahora llevo; aunque sé decir que este remedio que me imagino me ha de
aprovechar bien poco. No sé qué diablos ha sido esto, ni por dónde se ha entrado
teste amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan muchacho, que en
verdad que creo que somos de una edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez