venido a nuestras manos, y qué era lo que venía dentro. A lo cual el renegado, sin
aguardar que Zoraida le respondiese, le respondió:
-No te canses, señor, en preguntar a Zoraida tu hija tantas cosas, porque con una
que yo te responda te satisfaré a todas, y así, quiero que sepas que ella es
cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro
cautiverio. Ella va aquí de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse
en este estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida y
de la pena a la gloria.
-¿Es verdad lo que éste dice, hija? -dijo el moro.
-Así es -respondió Zoraida.
-¿Que, en efeto -replicó el viejo-, tú eres cristiana, y la que ha puesto a su padre
en poder de sus enemigos?
A lo cual respondió Zoraida:
-La que es cristiana, yo soy; pero no la que te ha puesto en este punto; porque
nunca mi deseo se extendió a dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a mí bien.
-Y ¿qué bien es el que te has hecho, hija?
-Eso -respondió ella- pregúntaselo tú a Lela Marién; que ella te lo sabrá decir me