Digo, en fin, que entonces llegó en todo extremo aderezada y en todo extremo
hermosa, o, a lo menos, a mi me pareció serlo la más que hasta entonces había
visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había puesto, me parecía que
tenía delante de mi una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y para mi
remedio. Así como ella llegó, le dijo su padre en su lengua cómo yo era cautivo de
su amigo Arnaúte Mamí, y que venia a buscar ensalada. Ella tomó la mano, y en
aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me preguntó si era caballero, y qué era
la causa que no me rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el
precio podía echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado por mi
mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió:
-En verdad que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros
dos tantos; porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os
hacéis pobres por engañar a los moros.
-Bien podría ser eso, señora -le respondí-; mas en verdad que yo la he tratado con
mi amo, y la trato y la trataré con cuantas personas hay en el mundo.
-Y ¿cuándo te vas? -dijo Zoraida.
-Mañana creo yo -dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace mañana a
la vela, y p