y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde tenía determinado que
fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doce españoles, todos valientes
hombres del remo, y de aquellos que más libremente podían salir de la ciudad; y no
fue poco hallar tantos en aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en
corso, y se habían llevado toda la gente del remo, y éstos no se hallaran, si no
fuera que su amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que
tenía en astillero; a los cuales no les dije otra cosa sino que el primer viernes en la
tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la vuelta del jardín de
Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo fuese.
A cada uno di este aviso de por sí, con orden que aunque allí viesen a otros
cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado esperar en aquel lugar.
Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me convenía, y
era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios, para que estuviese
apercebida y sobre aviso, que no se sobresaltase si de improviso la asaltásemos
antes del tiempo que ella podía imaginar que la barca de cristianos podía volver. Y
así determiné de ir al jardín y ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger
algunas yerbas, un día, antes de mi partida, fui allá, y la primera persona con quien
encontré fue con su padre, el cual me dijo en lengua que en toda la Berbería, y aun
en Constantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana,
ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, con la cual todos
nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de lenguaje me preguntó en qué
buscaba en aquel su jardín, y de quién era.
Respondile que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo por muy
cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas, para
hacer ensalada.
Preguntóme, por el consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que cuánto pedía
mi amo por mí.
Estando en todas estas preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella
Zoraida, la cual ya había mucho que me había visto; y como las moras en ninguna
manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan,
como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba;
antes, luego cuando su padre vio que venía, y de espacio, la llamó y mandó que
llegase.
Demasiada cosa seria decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el gallardo
y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis ojos; sólo diré que más
perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y cabellos que cabellos tenía en la
cabeza. En las gargantas de los sus pies, que descubiertas, a su usanza, traía, traía
dos carcajes (que así se llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de
purísimo oro, con tantos diamantes engastados, que ella me dijo después que su
padre los estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos
valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor
gala y bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar, y así hay más
perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás naciones; y el padre de
Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores que en Argel había, y de
tener asimismo más de docientos mil escudos españoles, de todo lo cual era señora
ésta que ahora lo es mía. Si con todo este adorno podía venir entonces hermosa, o
no, por las reliquias que le han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál
debía de ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas
mujeres tiene días y sazones, y requiere accidentes para disminuirse o
acrecentarse; y es natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen,
puesto que las más veces la destruyen.