letrados; porque de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué
entretenerse; así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el
premio.
Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a
treinta mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza
se han de dar a los de su profesión, y a éstos no se pueden premiar sino con la
mesma hacienda del señor a quien sirven; y esta imposibilidad fortifica más la
razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa
salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que
hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte
alega; y entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían
sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas,
y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados.
A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque
con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las
ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y,
finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las
ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que
trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios
y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y
debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta
tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vaguidos de cabeza, indigestiones de
estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas;
mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al
estudiante en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso
está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni
fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallándose cercado
en alguna fuerza, y estando de posta o guarda en algún rebellín o caballero, siente
que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse
de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que
puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con
alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo
improvisamente ha de subir a las nubes sin alas, y bajar al profundo sin su
voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de
embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos
pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos
ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de
la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer
descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y, con todo esto,
con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de
tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que
más es de admirar, que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la
fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también cae en el mar,
que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede sin dar tiempo al tiempo de
sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los
trances de la guerra.
¡Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de
aquestos endemoniados instrumentos de la artillería¡ a cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual
dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y
que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y
anima a los valientes pechos, llega una desmanda