haber muerto primero a quien tuvo la causa de su desgracia. Yo moriré, si muero;
pero ha de ser vengada y satisfecha del que me ha dado ocasión de venir a este
lugar a llorar sus atrevimientos, nacidos tan sin culpa mía.
Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario; pero, en fin,
salió, y entre tanto que volvía, quedó Camila diciendo, como que hablaba consigo
misma:
-¡Válame Dios! ¿No fuera más acertado haber despedido a Lotario, como otras
muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condición, como ya le he puesto, que
me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he de tardar en
desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada, ni la honra de
mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso llano se volviera a salir
de donde sus malos pensamientos le entraron. Pague el traidor con la vida lo que
intento con tan lascivo deseo: sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo, de que
Camila no sólo guardó la lealtad a su esposo, sino que le dio venganza del que se
atrevió a ofendelle. Mas, con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a
Anselmo; pero ya se la apunté a dar en la carta que le escribí al aldea, y creo que
el no acudir él al remedio del daño que allí le señalé, debió de ser que, de puro
bueno y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo
pudiese caber género de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo lo creí
después, por muchos días, ni lo creyera jamás, si su insolencia no llegara a tanto,
que las manifiestas dádivas y las largas promesas y las continuas lágrimas no me lo
manifestaran. Mas ¿para qué hago yo ahora estos discursos? ¿Tiene, por ventura,
una resolución gallarda necesidad de consejo alguno? No, por cierto. ¡Muera, pues,
traidores; aquí, venganzas! ¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda
lo que sucediere! Limpia entré en poder del que el cielo me dio por mío; limpia he
de salir dél, y, cuando mucho, saldré bañada en mi casta sangre, y en la impura del
más falso amigo que vio la amistad en el mundo.
Y diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando tan
desconcertados y desaforados pasos y haciendo tales ademanes, que no parecía
sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino un rufián
desesperado.
Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de unos tapices donde se había escondido,
y de todo se admiraba, y ya le parecía que lo que había visto y oído era bastante
satisfacción para mayores sospechas, y ya quisiera que la prueba de venir Lotario
faltara, temeroso de algún mal repentino suceso. Y estando ya para manifestarse y
salir, para abrazar y desengañar a su esposa, se detuvo porque vio que Leonela
volvía con Lotario de la mano; y así como Camila le vio, haciendo con la daga en el
suelo una gran raya delante della, le dijo:
-Lotario, advierte lo que te digo; si a dicha te atrevieres a pasar desta raya que
ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas, en ése mismo me
pasaré el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y antes que a esto me
respondas palabras, quiero que otras algunas me escuches; que después
responderás lo que más te agradare. Lo primero, quiero, Lotario, que me digas si
conoces a Anselmo mi marido, y en qué opinión le tienes; y lo segundo, quiero
saber también si me conoces a mi. Respóndeme a esto, y no te turbes, ni pienses
mucho lo que has de responder, pues no son dificultades las que te pregunto.
No era tan ignorante Lotario, que desde el primer punto que Camila le dijo que
hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ella pensaba
hacer; y así, correspondió con su intención tan discretamente y tan a tiempo, que