respondió el barbero; pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
Estos, dijo el cura, no deben de ser de caballerías, sino de poesía; y abriendo uno,
vió que era la Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo (creyendo que todos los
demás eran del mismo género:) estos no merecen ser quemados como los demás,
porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros
de entretenimiento, sin perjuicio de tercero. ¡Ay, señor!, dijo la sobrina. Bien los
puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho
que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se
le antojase de hacerse pastor, y andarse por los bosques y prados cantando y
tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad
incurable y pegadiza. Verdad dice esta doncella, dijo el cura, y será bien, quitarle a
nuestro amigo este tropiezo y ocasión de delante.
Y pues comenzamos por la Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme,
sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua
encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa y
la honra de ser primero en semejantes libros. Este que se sigue, dijo el barbero, es
la Diana llamada Segunda del Salmantino; y este otro, que tiene el mismo nombre,
cuyo autor es Gil Polo. Pues la del Salmantino, respondió el cura, acompañe y
acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si
fuera del mismo Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos priesa, que
se va haciendo tarde. Este libro es, dijo el barbero abriendo otro, los diez libros de
Fortuna de Amor, compuesto por Antonio de Lofraso, poeta sardo. Por las órdenes
que recibí, dijo el cura, que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los
poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto,
y que por su camino es el mejor y el más único de cuantos de este género han
salido a la luz del mundo; y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha
leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más de haberle
hallado, que si me dieran una sotana de raja de Florencia. Púsole aparte con
grandísimo gusto, y el Barbero prosiguió diciendo: Estos que siguen son el Pastor
de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaño de Zelos.
Pues no hay más que hacer, dijo el cura, sino entregárselos al brazo seglar del
ama, y no se me pregun є