con huilla, y que nadie se ha de poner a brazo con tan poderoso enemigo, porque
es menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas. Sólo supo Leonela la
flaqueza de su señora, porque no se la pudieron encubrir los dos malos amigos y
nuevos amantes. No quiso Lotario decir a Camila la pretensión de Anselmo, ni que
él le había dado lugar para llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su
amor, y pensase que así, acaso y sin pensar, y no de propósito, la había solicitado.
Volvió de allí a pocos días Anselmo a su casa, y no echó de ver lo que faltaba en
ella, que era lo que en menos tenía y más estimaba. Fuese luego a ver a Lotario, y
hallóle en su casa; abrazáronse los dos, y el uno preguntó por las nuevas de su
vida, o de su muerte.
-Las nuevas que te podré dar, ¡oh amigo Anselmo! -dijo Lotario-, son de que tienes
una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres
buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire; los ofrecimientos se
han tenido en poco; las dádivas no se han admitido; de algunas lágrimas fingidas
mías se ha hecho burla notable. En resolución, así como Camila es cifra de toda
belleza, es archivo donde asiste la honestidad y vive el comedimiento y el recato, y
todas las virtudes que pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer.
Vuelve a tomar tus dineros, amigo, que aquí los tengo, sin haber tenido necesidad
de tocar a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son
dádivas ni promesas. Conténtate, Anselmo, y no quieras hacer más pruebas de las
hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y sospechas que
de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de nuevo en el profundo
piélago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia con otro piloto de la
bondad y fortaleza del navío que el cielo te dio en suerte para que en él pasases la
mar deste mundo; sino haz cuenta que estás ya en seguro puerto, y aférrate con
las áncoras de la buena consideración, y déjate estar hasta que te vengan a pedir
la deuda que no hay hidalguía humana que de pagarla se excuse.
Contentísimo quedó Anselmo de las razones de Lotario, y así se las creyó como si
fueran dichas por algún oráculo; pero, con todo eso, le rogó que no dejase la
empresa, aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento; aunque no se
aprovechase de allí adelante de tan ahincadas diligencias como hasta entonces; y
que sólo quería que le escribiese algunos versos en su alabanza, debajo del nombre
de Clori, porque él le daría a entender a Camila que andaba enamorado de una
dama, a quien le había puesto aquel nombre, por poder celebrarla con el decoro
que a su honestidad se le debía; y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de
escribir los versos, que él los haría.
-No será menester eso -dijo Lotario--; pues no me son tan enemigas las musas que
algunos ratos del año me visiten. Dile tú a Camila lo que has dicho del fingimiento
de mis amores; que los versos yo los haré, si no tan buenos como el sujeto
merece, serán, por lo menos, los mejores que yo pudiere.
Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto Anselmo a su
casa, preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba que no se lo hubiese
preguntado, que fue que le dijese la ocasión por que le había escrito el papel que le
envió. Camila le respondió que le había parecido que Lotario la miraba un poco más
desenvueltamente que cuando él estaba en casa; pero que ya estaba desengañada
y creía que había sido imaginación suya, porque ya Lotario huía de vella y de estar
con ella a solas.
Díjole Anselmo que bien podía estar segura de aquella sospecha, porque él sabía
que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a quien él
celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo estuviera, no había que