los dos trataban, y vio que en más de media hora Lotario no habló palabra a
Camila, ni se la hablara si allí estuviera un siglo, y cayó en la cuenta de que cuanto
su amigo le había dicho de las respuestas de Camila todo era ficción y mentira. Y
para ver si esto era ansí, salió del aposento, y llamando a Lotario aparte, le
preguntó qué nuevas había y de qué temple estaba Camila. Lotario le respondió
que no pensaba más darle puntada en aquel negocio, porque respondía tan áspera
y desabridamente, que no tendría ánimo para volver a decirle cosa alguna.
-¡Ah -dijo Anselmo-, Lotario, Lotario, y cuán mal correspondes a lo que me debes y
a lo mucho que de ti confío! Ahora te he estado mirando por el lugar que concede la
entrada desta llave, y he visto que no has dicho palabra a Camila; por donde me
doy a entender que aun las primeras le tienes por decir; y si esto es así, como sin
duda lo es, ¿para qué me engañas, o por qué quieres quitarme con tu industria los
medios que yo podría hallar para conseguir mi deseo?
No dijo más Anselmo, pero bastó lo que había dicho para dejar corrido y confuso a
Lotario; el cual, casi como tomando por punto de honra el haber sido hallado en
mentira, juró a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan a su cargo el
contentalle y no mentille, cual lo vería si con curiosidad lo espiaba; cuanto más que
no sería menester usar de ninguna diligencia, porque la que él pensaba poner en
satisfacelle le quitaría de toda sospecha. Creyóle Anselmo, y para dalle comodidad
más segura y menos sobresaltada, determinó de hacer ausencia de su casa por
ocho días, yéndose a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la
ciudad; con el cual amigo concertó que le enviase a llamar con muchas veras, para
tener ocasión con Camila de su partida.
¡Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! ¿Qué es lo que haces? ¿Qué es lo que
trazas? ¿Qué es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo, trazando tu
deshonra y ordenando tu perdición. Buena es tu esposa Camila; quieta y
sosegadamente la posees; nadie sobresalta tu gusto; sus pensamientos no salen de
las paredes de su casa; tú eres su cielo en la tierra, el blanco de sus deseos, el
cumplimiento de sus gustos y la medida por donde mide su voluntad, ajustándola
en todo con la tuya y con la del cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura,
honestidad y recogimiento te da sin ningún trabajo toda la riqueza que tiene y tú
puedes desear, ¿para qué quieres ahondar la tierra, y buscar nuevas vetas de
nuevo y nunca visto tesoro, poniéndote a peligro que toda venga abajo, pues, en
fin, se sustenta sobre los débiles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que
busca lo imposible, es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor un
poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás espero algún bien,
con el cielo ha estatuido