sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.
Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo
colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo
abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para
borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El
fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza
de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su
juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las
silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se
oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me
poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana,
lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante
cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una
lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi
pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado
éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea
Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para
ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos,
donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.
Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una
vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves
suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:
«¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado
corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos
a Eleonora.»