la frase.
Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido
creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se
reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del
Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo
abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan
apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me
arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me
uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría
desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo
recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de
mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba
aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes
ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran
quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el
juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y
me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho
para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era
permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera
del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su
presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo
respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios
sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época d e la mía.
Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del
Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia,
siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato.
Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de
la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores
estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de
la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo
rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían
desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos,
pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló
tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado
en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín
más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía,
más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo
poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda
la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y,
abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del
Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba
Irisada.
Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los
incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en
las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi
frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo
el aire nocturno, y una vez —¡ah, pero sólo una vez!— me despertó de un sueño, como el