de itálicos arroyos!
¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!
Que aquellos versos hubieran sido escritos en inglés —idioma con el cual no creía
familiarizado a mi huésped— me sorprendió poco. Demasiado sabía la extensión de sus
conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el
lugar donde estaba fechado el poema me causó, debo admitirlo, no poca confusión. La
palabra original era Londres, y, aunque aparecía cuidadosamente tachada, podía, sin
embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión,
pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntara
si alguna vez había conocido en Londres a la marquesa de Mentoni (la cual residía en
aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender
que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas
veces había oído decir (sin dar crédito a un rumor, al parecer, tan improbable) que el
hombre de quien hablo era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.
—Hay una pintura —dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia— que
todavía no ha visto usted.
Y, apartando una colgadura, descubrió un retrato de tamaño natural de la marquesa
Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La
misma etérea figura que se alzaba ante mí la noche anterior en la escalinata del Palacio
Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía
sonriente, se insinuaba
—¡incomprensible anomalía!— esa incierta mácula de
melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El brazo derecho de la marquesa aparecía doblado sobre el seno. Con el izquierdo
mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extraña factura. Un diminuto pie como
de hada, apenas visible, parecía rozar la tierra; y, apenas discernible en la brillante
atmósfera que parecía circundar y envolver su belleza, flotaba un par de alas de la más
delicada concepción.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del
Bussy d’Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:
Está erguido
Como una estatua romana. ¡Y así permanecerá
Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!
—¡Vamos! —exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente
esmaltada, sobre la cual aparecían algunas copas fantásticamente coloreadas, juntamente
con dos grandes vasos etruscos, semejantes en su factura al extraordinario modelo que
aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que me pareció ser Johannisberger.