Ni una palabra pronunció el salvador. Pero la marquesa... ¡Ah, ya iba a recibir a su
hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el pequeño cuerpo y reanimarlo con sus caricias!
Mas, ¡ay!, los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo introducían en
el palacio. ¿Y la marquesa?... Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se
arracimaban en sus ojos, esos ojos que, como el acanto de Plinio, eran «suaves y casi
líquidos». Sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo de aquella
mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma... ¡Y la estatua recobró vida! Vi
súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza
de sus blancos pies se anegaban en una incontenible marea carmesí. Y un leve temblor
agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el
campo.
¿Por qué se sonrojaba la dama? No hay respuesta a tal pregunta. Verdad es que, al
abandonar, con el apresuramiento y el terror de un corazón materno la intimidad de su
boudoir, la marquesa había olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y cubrir sus
hombros venecianos con el manto que les correspondía... ¿Qué otra razón podía tener para
sonrojarse así? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto
del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que, en momentos
en que Mentoni retornaba al palacio, se posó accidentalmente sobre la mano del
desconocido? ¿Y qué razón podía haber para aquellas palabras en voz baja, en voz tan
extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en
el instante de despedirlo?
—Has vencido —dijo, a menos que el murmullo del agua me engañara—. Has
vencido... Una hora después de la salida del sol... ¡Así sea!
El tumulto se había apaciguado, murieron las luces en el interior del palacio y el
desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata.
Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando
una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en
una compuerta, continuamos juntos hasta su residencia, mientras mi huésped recobraba
rápidamente el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos
de gran cordialidad.
Frente a ciertos temas, me gusta ser minucioso. La persona del desconocido —
permitidme llamarlo así, ya que lo era todavía para el mundo entero—, la persona del
desconocido constituye uno de esos temas. Su estatura era algo inferior a la mediana,
aunque en momentos de intensa pasión su cuerpo crecía como para desmentir esa
afirmación. La liviana y esbelta simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad
demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor
peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad;
los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro
castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo
el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como
marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros
semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro
era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero que no ha vuelto a
encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en
la memoria; un rostro visto e instantáneamente olvidado, pero olvidado con un vago y
continuo deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el espíritu de cada rápida pasión no