Escapando de los brazos de su madre, un niño acababa de caer desde una de las
ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se
habían cerrado silenciosas sobre su víctima. Aunque mi góndola era la única a la vista,
muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente
en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes
losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el
agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la
marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres
—allí donde todas eran bellas—, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del
hermoso niño, su primer y único vástago que, sumido en las profundidades del agua
lóbrega, estaría recordando amargamente las dulces caricias de su madre y agotando su
débil vida en los esfuerzos por llamarla.
La marquesa permanecía sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos resplandecían
en el negro espejo de mármol que pisaba. Su cabello, que conservaba a medias el peinado
del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su clásica cabeza, llena de bucles parecidos
al jacinto joven. Una túnica alba como la nieve y semejante a la gasa parecía ser la única
protección de sus delicadas formas; pero el aire estival de aquella medianoche era caliente,
denso, estático, y aquella imagen estatuaria tampoco hacía el menor movimiento que
alterara los pliegues de la vestidura como de vapor que la envolvía, tal como el pesado
mármol envuelve la imagen de Niobe. Y, sin embargo, ¡cosa extraña!, sus grandes y
brillantes ojos no miraban hacia abajo, en dirección a la tumba donde su mejor esperanza
había sido sepultada, sino que aparecían como clavados en una dirección por completo
diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de
Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se
estaba ahogando su único hijo? Un negro, lúgubre nicho hallábase situado exactamente
frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en
su arquitectura, en sus solemnes cornisas cubiertas de hiedra, que la dama no hubiera
contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como
ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve
en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía
a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos
de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía ennuyé en extremo, mientras, de cuando
en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Estupefacto y despavorido, no
había podido moverme de la posición en que me colocara al escuchar el grito; seguía de pie
y debí de presentar a ojos del agitado grupo una apariencia ominosa y espectral, mientras
pasaba, pálido y rígido, en aquella fúnebre góndola.
Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a
cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al
niño (¡y cuánto más desesperada estaría la madre!). Pero entonces, desde el interior de
aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua
República —y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa—, una silueta embozada
avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse
de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que
aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada
capa se soltó de sus hombros y, cayendo a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores
la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa.