»Confío mi suerte a la justicia de mis jueces, si bien veo poco lugar para la esperanza. Ruego se
haga declarar a algún testigo respecto de mi reputación, y si su testimonio no prevalece sobre la
acusación, que me condenen, aunque fundo mi esperanza en el hecho de ser inocente.
Se llamó a varios testigos que la conocían desde hacía muchos años, y todos hablaron bien de ella;
pero el temor y la repulsión por el crimen del cual la creían culpable les amilanó, e impidió que la
apoyaran con ardor. Elizabeth percibió que este postrer recurso, la bondad y conducta irreprochables
de la acusada, también iba a fallar. Muy alterada solicitó la venia del tribunal para dirigirse a él.
––Soy ––dijo–– la prima del pobre chiquillo asesinado, mejor dicho: soy su hermana, pues fui
educada por sus padres y vivo con ellos desde mucho antes de que William naciera. Quizá por ello
pueda no resultar decoroso que declare en esta ocasión. Pero ante la posibilidad de que la cobardía de
sus supuestos amigos hunda a un ser humano, me veo obligada a hablar en su favor. Conozco bien a la
acusada. Hemos vivido bajo el mismo techo primero durante cinco años y después durante dos. En
todo ese tiempo, siempre se mostró la más bondadosa y amable de las criaturas. Cuidó con el mayor
afecto y devoción a mi tía, la señora Frankenstein, durante su última enfermedad. Luego tuvo que
atender a su propia madre, también enferma durante largo tiempo, y lo hizo con una abnegación que
admiró a todos los que la conocíamos. Fallecida su madre, regresó de nuevo a casa de mi tío, donde
todos la queremos. Sentía un especial cariño por la criatura ahora muerta y la trataba como una madre.
Por mi parte, no tengo la más mínima duda de que, a pesar de todas las pruebas en su contra, es
absolutamente inocente. No tenía motivos para hacerlo; y en cuanto a la minucia que constituye la
prueba principal, de haberla pedido, con gusto se la hubiera regalado, tanto es el cariño que hacia
Justine siento.
¡Qué magnífica Elizabeth! Un murmullo de aprobación recorrió la sal