Vivimos horas penosas hasta las once de la mañana, hora en la que había de comenzar el juicio.
Acompañé a mi padre y restantes miembros de la familia, que estaban citados como testigos. Durante
toda aquella odiosa farsa de justicia, sufrí un calvario. Debía decidirse si mi curiosidad e ilícitos
experimentos desembocarían en la muerte de dos seres humanos: el uno, una encantadora criatura llena
de inocencia y alegría; la otra, más terriblemente asesinada aún, puesto que tendría todos los
agravantes de la infamia para hacerla inolvidable. Justine era una buena chica, y poseía cualidades que
prometían una vida feliz. Ahora todo estaba a punto de acabar en una ignominiosa tumba por mi culpa.
Mil veces hubiera preferido confesarme yo culpable del crimen que se le atribuía a Justine, pero me
encontraba ausente cuando se cometió, y hubieran tomado semejante declaración por las alucinaciones
de un demente, por lo que tampoco hubiera servido para exculpar a la que sufría por mi culpa.
El aspecto de Justine al entrar era sereno. Iba de luto; y la intensidad de sus sentimientos daban a su
rostro, siempre atractivo, una exquisita belleza. Parecía confiar en su inocencia. No temblaba, a pesar
de que miles de personas la miraban y vituperaban, pues toda la bondad que su belleza hubiera de otro
modo despertado quedaba ahora ahogada, en el espíritu de los espectadores, por la idea del crimen que
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