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Caballo de Troya J. J. Benítez Como medida precautoria, Caballo de Troya habla establecido que, mientras durase mi reunión con Pilato, la conexión auditiva con el módulo fuera prácticamente permanente. La información auxiliar de Santa Claus, nuestro ordenador, podía resultar de gran utilidad. De ahí que, durante toda la entrevista, yo permaneciese con la mano derecha pegada a mi oreja, simulando dificultad para oír a mi interlocutor. En realidad, como ya expliqué, esta argucia permitía que las voces de los allí reunidos pudieran llegar con nitidez hasta Eliseo... -Comprendo que las noticias te lleguen con demora -fingí-, y que aún no estés informado del retiro voluntario del Emperador en Capri. Allí permanece en la actualidad en compañía de su amigo y maestro de astrólogos, el gran Trasilo. Poncio no se daba por vencido. Aquella delicada situación parecía divertirle. -Entonces -repuso el procurador sin abandonar aquella falsa sonrisa- habrá llevado consigo a su médico personal, Musa... La nueva trampa de Pilato tampoco dio fruto. Yo sabía que Antonio Musa había sido el galeno de su antecesor, Augusto. Pero, ¿cómo podía rectificar al supremo jefe de las fuerzas romanas en la Judea sin herir su retorcido ánimo? -No, procurador. Sé que Tiberio admiró los cuidados de Musa para con su padrastro, pero el Emperador ha preferido llevarse al no menos prudente y eminente Charicles. Según mis noticias, Tiberio le llama de vez en cuando a cualquiera de las doce villas de Capri donde habita. Pilato empezó a juguetear con el pequeño falo de marfil que colgaba de su cuello. Aquel adorno -tan corriente en la Roma imperial- vino a demostrarme algo que ya sospechaba: aquel romano era profundamente supersticioso. La presencia de falos eh todo tipo de adornos, collares, anillos, muebles, pinturas, etc. estaba motivada por el afán de los ciudadanos romanos de atraer a la fortuna y evitar la desgracia1. -Sí -murmuró con un cierto desprecio en sus palabra-, Tiberio siempre ha sido un hombre enfermizo... Y todos padecemos a veces su irritabilidad. Supongo, Jasón, que su debilidad será cada vez mayor... En aquellos comentarios había parte de verdad. Pero, entre esas verdades a medias, también se ocultaban nuevos ataques a mi profesionalidad como supuesto astrólogo y, en definitiva, a mi conocimiento del César. -Puedo asegurarte -repuse- que Tiberio conserva toda su fuerza. Es capaz, como tú muy bien sabes, de perforar una manzana verde con el dedo. Su senectud (Tiberio contaba en el año 30 unos 73 años) no ha disminuido su fuerza, aunque sí su vista... Y en algo sí estoy de acuerdo con tu sabia opinión. El Emperador es un hombre atormentado por su destino. No supo elevarse por encima de las adversas circunstancias del divorcio que le impuso Augusto. Jamás olvidará a su gran amor: Vipsania. Esto, el carácter posesivo y la ambición de su madre, Livia, y esas repulsivas úlceras que afean su rostro han terminado por transformarle en un hombre tímido, resentido y huidizo. (En ese instante intervino Eliseo, comunicándome que, según Plinio el Viejo, en su Historia Natural específica que Tiberio era uno de los hombres con mejor vista del mundo. Era capaz de ver en las tinieblas -como las lechuzas-, aunque durante el día sufría de miopía. Esta fue según Dión (Historia de Roma)- una de las razones que alegó para no aceptar el imperio.) -… Tímido, resentido, huidizo y cruel -remató Pilato con gesto grave, al tiempo que cruzaba una mirada con su centurión. En mi opinión, el procurador se daba por satisfecho con mi «representación». Desde ese momento, sus preguntas y comentarios no fueron ya tan venenosos. Sin embargo, aquellas afirmaciones habían empezado a arrojar luz sobre el comportamiento de Poncio respecto al 1 La profusión de falos en aquellos tiempos llegó a tales extremos que podían encontrarse en las puertas de las casas o de los dormitorios. Cuando eran situados en los jardines y en los campos debían proteger contra las sombras nocivas. Si los situaban en las encrucijadas, el falo señalaba al caminante el rumbo adecuado. También pendían de los carros victoriosos de los emperadores («fascinus») y de los cuellos de las mujeres embarazadas que deseaban un parto fácil. Los romanos llegaron a creer que su poder aumentaba si daban al falo una forma de animal dotado de garras o alas. También han sido encontrados badajos con forma fálica. La superstición romana creía que, de esta forma, el sonido de las campanas ahuyentaba los embrujos y todo tipo de seres fantasmales. Sólo cuando el Imperio decayó, degradándose sus costumbres, el falo se convertiría en un símbolo de placer. Mientras en los primeros tiempos de Roma, las jóvenes desposadas ofrecían su virginidad al Hermes príapo. como muestra de sus devotas intenciones, más tarde, el falo del dios sirvió de consolador a muchas mujeres viciosas. (N. del m.) 154