dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no tengo de qué pedirle perdón ni a ella
ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejor opinión, y me dé de nuevo licencia para
seguir mi camino.
–Déosle Dios tan bueno –dijo la duquesa–, señor don Quijote, que siempre oigamos buenas nuevas
de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que, mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego en
los pechos de las doncellas que os miran; y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquí adelante no
se desmande con la vista ni con las palabras.
–Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! –dijo entonces Altisidora–; y es
que te pido perdón del latrocinio de las ligas, porque, en Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y
he caído en el descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.
–¿No lo dije yo? –dijo Sancho–. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues, a quererlos hacer, de
paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.
Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los circunstantes, y, volviendo
las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su
camino a Zaragoza.
CAPÍTULO 58: Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se
daban vagar unas a otras
Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de
Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los espíritus se le renovaban para proseguir de
nuevo el asumpto de sus caballerías, y, volviéndose a Sancho, le dijo:
–La libertad, Sancho, es uno de los má