y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada Altisidora, la estuvo mirando don
Quijote, y, sin responderla palabra, volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
–Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una verdad. Dime, ¿llevas por
ventura los tres tocadores y las ligas que esta enamorada doncella dice?
A lo que Sancho respondió:
–Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la tenía por atrevida,
graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes desenvolturas; y, como no estaba
advertida desta burla, creció más su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
–No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este mi castillo el buen acogimiento
que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las
ligas de mi doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a vuestra fama.
Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor que malandrines
encantadores me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que
entró con vos en batalla.
–No quiera Dios –respondió don Quijote– que yo desenvaine mi espada contra vuestra ilustrísima
persona, de quien tantas mercedes he recebido; los tocadores volveré, porque dice Sancho que los
tiene; las ligas es imposible, porque ni yo las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestra doncella
quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón,
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella
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