estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana bastantes a
sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi
hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.
–¡Voto a tal! –respondieron–, y por el nacimiento de quien vuesa merced quisiere, juro, señor don
Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los
días de mi vida; sino que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más
espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará
mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.
Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento
comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba.
–¡Famoso testigo! –dijo don Quijote–. El rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho
mío. Espérame; iré al castillo del duque, que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima,
donde tus pecados te deben de haber puesto.
–Vaya vuesa merced –dijo Sancho–, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no lo puedo llevar el
estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Sancho Panza, de que no poco
se maravillaron, aunque bien entendieron que debía de haber caído por la correspondencia de
aquella gruta que de tiempos inmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había
dejado el gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y
maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de
aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo:
–Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este
peca