–Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho pueda decir lo
que quisiere.
Mandólo así el gober[n]ador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala y el
secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió diciendo:
–«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele
muchas veces ir en casa de mi padre.»
–Eso no lleva camino –dijo el mayordomo–, señora, porque yo conozco muy bien a Pedro Pérez y sé
que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís
que suele ir muchas veces en casa de vuestro padre.
–Ya yo había dado en ello –dijo Sancho.
–Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo –respondió la doncella–; pero la verdad
es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos vuesas mercedes deben de conocer.
–Aún eso lleva camino –respondió el mayordomo–, que yo conozco a Diego de la Llana, y sé que es
un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija, y que después que enviudó no ha habido
nadie en todo este lugar que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada
que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.
–Así es la verdad –respondió la doncella–, y esa hija soy yo; si la fama miente o no en mi hermosura
ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se llegó al oído del maestresala
y le dijo muy paso:
–Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de importancia, pues en
tal traje, y a tales ho &2