¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero a
fee que, si vuesa merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con
cuántas entraba la romana.
–¿Qué decís vos a esto? –preguntó Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido darle más de cuatro
reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan barato han de ser comedidos y tomar con
rostro alegre lo que les dieren, sin
ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son fulleros y que lo que
ganan es mal ganado; y que, para señal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna
había mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los
mirones que los conocen.
–Así es –dijo el mayordomo–. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es lo que se ha de hacer
destos hombres.
–Lo que se ha de hacer es esto –respondió Sancho–: vos, ganancioso, bueno, o malo, o indiferente,
dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más, habéis de desembolsar treinta para los
pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad
luego esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so pena,
si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida, colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el
verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a su casa, y el gobernador
quedó diciendo:
–Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce que son muy
perjudiciales.
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