–Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas regaladas ni manjares
esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a
vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe
con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que
llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y
encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día;
y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz
compaña, pues, cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar
derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de ver maravillas. No, sino
haceos miel, y comeros han moscas.
–Por cierto, señor gobernador –dijo el maestresala–, que vuesa merced tiene mucha razón en
cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los insulanos desta ínsula que han de servir a
vuestra merced con toda puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que
en estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en
deservicio de vuesa merced redunde.
–Yo lo creo –respondió Sancho–, y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen o pensasen. Y
vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo que en este negocio
importa y hace más al caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal entretenida; porque
quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo que los
zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer
a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener
respeto a la religión y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o
quiébrome la cabeza?
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