por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella
de labor a una principal señora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor
blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron sirviendo y se
volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron de ir al cielo, porque eran además buenos y
católicos cristianos. Quedé huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas merce[de]s
que a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que diese yo ocasión a ello, se
enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo y apersonado, y, sobre todo,
hidalgo como el rey, porque era montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no
viniesen a noticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio nació una hija para rematar con mi
ventura, si alguna tenía; no porque yo muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino
porque desde allí a poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar
para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
–Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano, porque todas las veces
que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué
autoridad llevaba a mi señora a las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache!
Que entonces no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las
ancas de
sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note la crianza y puntualidad
de mi buen marido. «Al entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir
por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las
riendas a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja
le decía: ‘‘–¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?’’ El alcalde, de comedido, detuvo la
rienda al caballo y díjole: ‘‘–Seguid, señor, vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi
señora doña Casilda’’, que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con la gorra en
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