ventanas, rejas y jardines, músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos
libros de caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba dél
enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad; temió no le rindiese, y
propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y, encomendándose de todo buen ánimo y buen
talante a su señora Dulcinea del Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar a entender
que allí estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra cosa no
deseaban sino que don Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio
a este romance:
–¡Oh, tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana,
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una tr[i]ste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
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