descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estómago!’’
Todo esto se le renovó a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero consolóse con ver que Sancho
le había dejado unas botas de camino, que pensó ponerse otro día. Finalmente, él se recostó
pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus
medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores
señales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza. Mató las velas;
hacía calor y no podía dormir; levantóse del lecho y abrió un poco la ventana de una reja que daba
sobre un hermoso jardín, y, al abrirla, sintió y oyó que andaba y hablaba gente en el jardín. Púsose a
escuchar atentamente. Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo oír estas razones:
–No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto que este forastero entró
en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar, sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi
señora tiene más de ligero que de pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del
mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi canto si duerme y no
despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones para dejarme escarnida.
–No des en eso, Altisidora amiga –respondieron–, que sin duda la duquesa y cuantos hay en esa
casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el despertador de tu alma, porque ahora sentí que
abría la ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía,
en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la culpa al
calor que hace.
–No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! –respondió la Altisidora–, sino en que no querría que mi
canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas poderosas
de amor por doncella antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en cara
que mancilla en corazón.
Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó don Quijote pasmado,
porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las infinitas aventuras semejantes a aquélla, de
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