Tango y Cultura Popular ® N° 165 - Page 6

Juan D’Arienzo "Soy el único invitado al Japón por el emperador Hirohito y el príncipe Akihito; las demás orquestas son contratadas por empresarios. Pero no voy aunque me giren un cheque en blanco: después de lo que le pasó a Gardel, le tengo miedo al avión." La voz gangosa y monótona que acumula vanidad, temores y lúgubres premoniciones se interrumpe; Juan D'Arienzo (70) seca la transpiración de su rostro, aprieta el pañuelo arrugado y espera la próxima pregunta. Tenso, en guardia, como si se preparara a ejercitar el curioso estilo con que dirige su orquesta, diseminada ahora a su alrededor, expectando la lucha del maestro fuera de su campo de batalla habitual: el escenario. La semana pasada, SIETE DÍAS mantuvo, en el transcurso de un ensayo en el Chantecler -nuevo reducto tanguero de Buenos Aires del que es socio y atracción exclusiva desde hace poco más de un mes-, un extenso mano a mano con la inagotable vitalidad de quien se ha mantenido durante más tiempo que nadie como ídolo de la música porteña. Un sabroso juego coloquial, en cuyo transcurso desfilaron anécdotas, traspapelados recuerdos, nombres y acontecimientos claves en la historia del tango. Crónica que, en gran parte, está escrita por él mismo. Es que el violinista, que hiciera su primeras armas animando películas mudas, en 1916, junto al legendario Miguel Bonesi -maestro de Carlos Gardel, José Razzano y Azucena Maizani- asumiría, veinte años después, la responsabilidad de devolver su popularidad al tango, redescubriendo en el público un fervor que parecía apagado. Algo que, a su manera, no ha dejado de hacer desde entonces. "En 1937 había señores directores en cartel: Osvaldo Fresedo, Julio de Caro, pero el tango estaba completamente bajo -memora-. Entonces entré con un ritmo distinto y volvió a colocarse en el lugar que merecía. Fue, en realidad, un retorno triunfal, ya que en los años anteriores -entre 1920 y 1925- el joven Juan D'Arienzo se había ganado el apodo de El Grillo arrancando estridentes sonidos a un violín alistado en la jazz-band que dirigía, desde el bajo, Nicolás Verona. "En esa época el jazz amasijaba al tango -responsa-. En los carteles decía jazz en letras enormes y, chiquitito, típica. Pero cuando me pasé al tango atraje hasta a la gente de jazz, que me idolatraba." Demostración, al menos, de que la modestia no es una de sus virtudes. Razones tiene: su ritmo elemental, "esa forma nerviosa, movida", como gusta definir a su estilo, en la que "no hacemos juegos de contrapunto ni figuras complicadas", le ha bastado para mantenerse en primer plano durante más de treinta años".