Summa Coaching 12va Edición 12VO EDICIÓN | Page 88
REFLEXIONES DE UN APRENDÍZ PERMANENTE- COACH RAFAEL CALBET
forma de darse permiso
sin hacerse cargo, y así el
hecho se repite de forma
sistemática. No hay en este
caso un reconocimiento de
la responsabilidad perso-
nal, limitándola de forma
claramente insuficiente al
ofrecimiento de la susodi-
cha disculpa.
Ser adulto, ser maduro, no
es ser perfectos, ni mucho
menos, pero sí responsa-
bles. Hacernos cargo de lo
que nos corresponde ha-
cer en cada momento.
He hablado de la Confian-
za en otras ocasiones, y
recuerdo que la defino
como:
• La capacidad de ha-
cerse cargo, de lo que
ocurra, cuando ocurra,
si es que ocurre…
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Así podemos viajar tran-
quilos por la vida. No por-
que eso signifique que
vamos a hacer siempre lo
correcto, sino porque sé
que tengo instrumentos
para hacerme cargo de mis
errores, y el más funda-
mental es saber pedir per-
dón, con humildad.
¿Qué nos impide o nos
dificulta pedir perdón?
E l Ego, que nos genera di-
versas creencias y explica-
ciones:
• Voy a ser menos que el
otro
• La culpa es suya
• Él me provocó
• Tengo mi orgullo
• Él empezó antes
• Voy a perder autori-
dad, prestigio
• Reconocer un error me
hace débil
Observemos que todas
ellas son frases que se cen-
tran en uno mismo, de for-
ma victimaria, o en el otro
de forma culpabilizadora.
Cuando actuamos des-
de la responsabilidad y la
conciencia, nos centramos
en el otro, observamos el
daño que hemos genera-
do y nuestro recurso más
sabio y más útil para repa-
rarlo es pedir perdón. Y po-
demos observar entonces
que pedir perdón desde el
corazón, lejos de debilitar-
nos, nos engrandece a los
ojos del otro.
Una última forma de pe-
dir perdón es cuando lo
hacemos no ya por asu-
mir un daño producido y
su responsabilidad conse-
cuente, sino desde la pura
intención de preservar el
vínculo y no entrar en ba-
tallas de ego. Cuando el
otro siente de forma since-
ra, pero errónea, un daño
derivado de nosotros, aun-
que nosotros tengamos
plena conciencia de no ha-
berlo producido.
Efectivamente, cuando es
más importante preservar
el vínculo que tener razón,
podemos pedir perdón
para cerrar un conflicto sin
entrar en batallas de ego
que van a dañar el víncu-
lo. Cuando el orgullo no
es nuestro asesor interno,
no tenemos ninguna difi-
cultad para pedir perdón
y reparar, no solo el daño
producido, sino también el
vínculo establecido.
Con mucha sabiduría decía
el obispo Pedro Casaldáli-
ga:
“Para qué quiero tener ra-
zón, si pierdo la relación”
Si en las relaciones a largo
plazo, las heridas se van a
producir inevitablemente,
el perdón es el gran cicatri-
zante de esas heridas.
Cualquier otra actitud pue-
de servir a veces como
anestésico. Los anestési-
cos solo nos quitan la sen-
sación de dolor pero no
sanan la herida, que sigue
por tanto en proceso infec-
cioso, pero oculto. Quien
confunde la anestesia con
la sanación, solo está pos-
tergando la conciencia de
daño y aumentando sus
efectos.
Seamos pues efectivos, po-
derosos y humildes al mis-
mo tiempo:
Observemos a qué voz
interior decidimos hacer
caso a la hora de decidir
cómo actuar. La del amor,
que me lleva a conciliar y
sanar, o la del ego, que me
lleva a luchar por tener ra-
zón aunque me quede solo
al final.
Elijamos bien nuestros
asesores internos, porque
ellos nos van a dictar nues-
tras palabras.
PREGUNTAS:
¿Me cuesta pedir perdón?
¿En qué me ayuda no pe-
dirlo, cuando correspon-
de?
¿Cuáles son las creencias
que me dificultan pedir
perdón?
¿Tiendo a ofrecer discul-
pas en lugar de perdón?
¿Qué estoy dispuesto a
cambiar y con quién?
Al día de hoy, ¿tengo mi
saco de pedir perdón muy
lleno por no llevarlos a la
práctica? ¿qué me lo está
impidiendo?