Noche, sangre y pólvora
Una vez más, el sol se va por el horizonte dejando paso a la oscura noche, acompañada de sus fieles compañeras, las pesadillas. Yo me veo obligado a dormir y sufrirlas para impedir que la luz de la luna llena en el cielo azabache acaricie mis agotadas y desgraciadamente vivas retinas, porque el más patético de los fragmentos de luz lunar que toque cualquiera de mis ojos es como una llave que deja en libertad efímera a la horrible bestia que se oculta en lo más profundo de mi sangre. Camino con lentitud hacia mi cama y nada me anima ni me apremia a dormir pues lo que me espera dentro de la oscuridad de mis ojos cerrados y de las cicatrices de mis recuerdos no es un placer, en absoluto, es más un castigo que me sigue desde mi más tierna infancia… o debería decir fría. Cierro los ojos y la experiencia de los años me enseña a no resistir al sueño que me inunda ya que no hay nada que hacer. Siempre los veo; un hombre pálido como la nieve ataca con sus propias manos a una mujer; una mujer que con su cabello se cubre entera, una mujer cuya piel se torna gris, una mujer que alarga sus dedos hasta formar cuchillos en las puntas, una mujer que agranda su tamaño, que hace brotar una cola del final de su espalda, que ruge como un animal, como una bestia, como un lobo. El hombre, pálido, ve desgarradas sus tripas por las manos de aquello que ya no es una mujer. El hombre la mira con ojos rojos, como la sangre que devora a la bestia, y se desploma, pero no es el único hombre, siempre hay más, tres, cuatro, no, ¡cinco! Cinco hombres pálidos con la fuerza de un dragón atacan a la bestia y observo impotente desde mi escondite cómo la criatura se defiende de ellos, mientras con sus colmillos como clavos le muerden la espalda, el brazo, la pierna, el cuello. Cuando el agua roja cae como una sangrienta y macabra cascada por el cuello, ella gime haciendo temblar el mismo cielo y las difuntas almas de aquellos que la atacan, dejándolos petrificados en su sitio donde clavan su dentadura o en el suelo que pisan. Ella se los arranca como sanguijuelas y los lanza contra la pared mientras su brazo sigue sudando rosas. Los desgarra con sus enormes manos mientras su espalda llora vino y los golpea mientras su cuello babea sangre. Suelta un alarido cansado y agotado, como la campana de un reloj que marca su hora mientras se arrodilla. y la bestia se va y vuelve la mujer. Esta se desploma mientras un charco rojo crece y la rodea. Entonces se oye la voz de un niño viniendo de mí. Llora, grita y suplica por la vida de su hermana...Y entonces despierto con lágrimas en los ojos.
El sol irrumpe por la ventana obligándome a abrir los ojos. No recuerdo haber dejado las persianas abiertas ¿o tal vez si lo hice? No lo sé, estaba muy cansado anoche, demasiado para recordar nada con exactitud. Me quedo sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas y mis manos aguantan mi somnolienta cabeza. En ese momento caigo en la cuenta de que mi ropa está raída y cedida, como si un tigre me hubiera atacado cuando dormía. Un escalofrío recorre mi cuerpo enteramente y me obliga a levantarme alterado, pero un dolor agudo se
que tenía todas las cartas para ser un agujero de bala, por lo que esos trapos ensangrentados estarían cubriendo la herida producida por un proyectil. Me alarmé por unos instantes al ver la cercanía de la herida respecto al corazón,, pero recuperé