SINAPSIS –Abril 2016
autenticidad y hondura del ser del
filósofo las que garantizaban la
profundidad de su visión.
Lo que venimos diciendo explica
por qué en la antigüedad el filósofo era
el prototipo de hombre virtuoso —de un
modo análogo a como en Oriente se ha
considerado
sabio
al
hombre
interiormente liberado—. Es importante
advertir que el término “virtud” no tenía
entonces el sentido escuetamente
moral que ha llegado a tener para
nosotros (y que suele equivaler a
comportarse de una determinada
manera, generalmente, de una manera
socialmente aceptable). De hecho, los
filósofos de la antigüedad suponían un
reto a las convenciones sociales, y de
aquí que con tanta frecuencia tuvieran
problemas con el poder instituido.
Virtuoso era aquel que estaba en
contacto con su propia virtus, es decir,
con su potencia, con sus capacidades
específicas. Virtud era la potestad o la
capacidad que tenía un individuo para
expresar en el mundo sus cualidades
esenciales, para permitir la eclosión de
sus posibilidades reales. El filósofo era
virtuoso porque era aquel, de entre los
hombres, que más se aproximaba al
modelo de la naturaleza humana, es
decir, el que aspiraba a encarnar sus
mejores posibilidades: la lucidez, la
objetividad, el respeto por la realidad, el
conocimiento de sí mismo, la libertad
interior, la conciencia universal, el amor
desinteresado, el gozo estable y
sereno… Sócrates, quien desde la
antigüedad hasta nuestros días ha sido
considerado el modelo de filósofo por
excelencia, afirmaba que para el logro
de la felicidad bastan la sabiduría y la
virtud, y que estas son indisociables: no
hay sabiduría sin virtud ni virtud sin
sabiduría. Sostenía, a su vez, que
ambas exigen lo que él denominaba
“cuidado de sí” o “cuidado del yo”
(epimeleia heautou): un compromiso
sostenido por el cuidado del alma, por
ser fieles a lo más elevado de nosotros
y por evitar las discrepancias entre
nuestro ser, pensamientos, palabras y
obras.
Consideraba
que
este
compromiso era posible en virtud de un
estado de máxima vigilancia y atención
de sí que permite retornar al verdadero
yo, adoptar una perspectiva lo más
objetiva
y
universal
posible
y
trascender
las
ofuscaciones
y
condicionamientos cotidianos.
Esta relación indisociable entre
pensamiento y vida, conocimiento y
transformación, era concebida por los
filósofos de la antigüedad, por tanto,
como
una
relación
reversible.
Consideraban que solo la persona
íntegra, veraz, comprometida con su
propia transformación profunda, puede
alcanzar una mirada objetiva y
penetrante y, por consiguiente, acceder
a un conocimiento profundo de la
realidad; que solo quien es veraz
puede ser amigo de la verdad. Y
consideraban, igualmente, que la
filosofía no solo exige virtud, sino que
es también la fuente de la virtud; que el
conocimiento profundo de la realidad,
en la medida en que disipa nuestra
ignorancia (que concebían no como
una
ignorancia
libresca
sino
existencial), es un saber operativo, que
produce cambios radicales en nuestra
vida, que nos transforma y nos libera.
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Comunicación y libre pensamiento