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Sin cadenas que te mancillen
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continuó atando cabos con su anfitrión. En cuanto la goleta que
lo había traído tuviese los vientos a favor, retornaría con ella a
Jamaica. En una semana o dos podría regresar con los esclavos.
—Pero ¿cómo podré desembarcarlos sin problemas? ¿Qué va
usted a hacer con el superintendente?
Bartlett lo tranquilizó.
—No se preocupe de eso, señor Dyer. Será muy sencillo
introducir la mercancía, pues conozco bien a la gente de las
aduanas. Cuando vuelva, deslice la nave al atardecer por la
bahía. Luego yo me reuniré a bordo con usted. Por entonces el
superintendente estará tan preocupando, tratando de solucio-
nar las contrariedades ocasionadas por sus excesos económicos,
que no tendrá tiempo para molestarnos. Brindemos pues por
este día y por el gran futuro que nos espera.