su marido, nunca podía mirar de frente, siempre al suelo, y, si se perdía, se tenía que quedar quieta donde estuviese y esperar a que alguien le prestara ayuda. Sólo cuando estaba en su casa se podía despojar del velo, pero para, a continuación, liarse un pañuelo que le cubría la cabeza y parte de la cara.
Roxana no soportaba esa vida y siempre discutía con su marido sobre esas costumbres. Al final, Hansef siempre acababa maltratándola, física y verbalmente, no la dejaba salir de casa y la encerraba bajo llave. Hasta que, un día, a Hansef se le olvidó echar la llave, y fue cuando Roxana aprovechó para escapar. Montada sobre un pequeño burro que tenían en el establo huyó de la aldea atravesando las montañas, durmiendo en inclusas que encontraba por el camino o al raso cuando no, y con apenas nada para comer. Así hasta que consiguió cruzar la frontera.
Y llegó a un nuevo lugar, Roxana sintió la incertidumbre de cómo iba a sobrevivir. No conocía el idioma y apenas hablaba algunas palabras en inglés que aprendió por su cuenta.
Afortunadamente, la suerte no la abandonó del todo y tuvo ocasión de conocer a un chico que
sabía también algo de inglés y, entre gestos y palabras, pudieron entenderse y conocerse.
En su nueva situación todo parecía diferente. Oía hablar de cosas que no podía entender del todo: derechos, libertades, igualdad, etc. Para Roxana este era una experiencia nueva: vivía con un chico que la respetaba; podía vestir a su gusto; no tenía que ocultar su identidad; podía moverse por cualquier lugar con libertad; podía tener amigos; estudiar; podía elegir qué vida llevar. Todo era muy diferente a su lugar de origen. Aunque Roxana no podía ser feliz del todo. Había dejado atrás su tierra, su hogar, su familia, sus padres. Las bondades de este nuevo mundo no podían compensar todo aquello de lo que huyó, sobre todo, el repudio de sus padres. Lo ocurrido era una deshonra para ellos. No podían comprender que su hija hubiera huido, hubiera renegado de sus costumbres. Ya no era su hija. No querían saber nada de ella.
A Roxana aún le queda la esperanza de que sus padres comprendan y la vuelvan aceptar como hija suya. Sólo así podrá ser completamente feliz. Mientras tanto, sigue adelante con su nueva vida.
.prolongar y continuar con los esponsales al día siguiente. Así fue. Al día siguiente volvieron a la mezquita, repitieron el mismo ritual. Esta vez Roxana no se desmoronó y cuando llegó su turno de respuesta, contestó que sí.
A partir de ese día, Roxana empezó una nueva vida que no había imaginado antes. Se instalaron en una pequeña aldea fronteriza. Siempre que salía a la calle tenía que ir cubierta, de arriba a abajo, con un velo, a través de cual apenas se vislumbraban sus ojos. Nunca podía salir de casa sin su marido. Por la calle siempre tenía que ir mirando a los pies de