Seguir adelante | Página 16

Llevaba varios días de retraso. En el fondo deseaba que así fuese. Estaba muy enamorada de mi novio y deseaba tener un hijo con él. No me lo pensé, al día siguiente entré en una farmacia y pedí el test de embarazo. Llamé a mi novio, tan sólo dijo: “te quiero”.

Mi madre al principio no quiso aceptarlo, desaprobaba la relación que mantenía con mi novio. Se llevó las manos a la cara: “¡Dios mío, eres aún una niña!”; pero ella no se daba cuenta que diciéndome eso me lastimaba. Al principio ella no quería que tuviese a mi hijo, pero yo estaba decidida a tenerlo porque ese era mi deseo. Y le decía a mi madre que no se metiera en mi vida. Desde entonces empecé a tener problemas con ella y a llevarnos mal.

Hasta que un día discutimos, me puse muy nerviosa, se me fue la mano y le pegué. Me denunció por malos tratos. Cuando lo supe, me puse a llorar y me enojé mucho con ella, aunque sabía que no era ella la que tenía la culpa, sino yo misma. Y, sin embargo, me sentí tan frustrada y enojada que pensé que ya nunca más quería saber nada de ella: la odiaba.

Así estuve un tiempo, sin hablarle. Recuerdo que de niña era muy rebelde e impulsiva, me portaba muy mal, le hablaba mal a todo el mundo y, además, no aceptaba que nadie que dijera lo que tenía que hacer, y siempre replicaba: “quien eres tú para decirme lo que tengo que hacer”. En ese momento ya no me importaba nada, hasta que una mañana me desperté y me puse a pensar, y me dije a mi misma por qué hago esto, yo no quiero ser así, yo quiero cambiar. Y pensé en mi hijo, no quería que saliera igual a mí y quería darle buen ejemplo. Desde entonces empecé poco a poco a controlarme y portarme bien. Aunque, a decir verdad, creía que no iba a poder cambiar, por el mal genio que tengo, pero le puse muchas ganas y por fin lo conseguí.

Pasaron los meses y me di cuenta de cómo mi cuerpo iba cambiando. La primera vez que me hicieron una ecografía no podía ver muy bien a mi hijo porque todavía era muy pequeño, pero yo me alegraba mucho al oír latir su corazón y saber que mi hijo estaba muy bien. En la siguiente ecografía ya podía verle mejor, incluso se movía, y me eché a llorar.