pasando, ¿a quién le irá caer la vaina? ¿a un niño? ¿a un informador? Y luego la misma policía continúa su marcha de terror motorizado por todo el centro de la ciudad, como una nube de abejorros. El policía que dispara no maneja la moto pero sí lanza gases con virilidad, para que no lo confundan con hembra, para correrse como macho y cuantas veces le de la gana. Y sí, seguro la fuerza policial en algo habrá hecho bien su labor, habrá detenido a alguien por romper un vidrio, habrá impedido que le saqueen la tienda a un inerme negociante, habrá evitado que manchen sin piedad una pared con letreros varios —fatigados clisés por lo general— que luego, al otro día bien temprano, tendrán que limpiar los aseadores y no el gerente del negocio ni la junta del banco… Pero lo que prima con algunos de estos tiras tiragases es una sandez que los hermana con los revolucionarios de la involución, hay necedad de lado y lado, un afán de justificar la existencia propia y de hacerlo con el arma, bien sea piedra, varilla, bolillo, gas o electrochoques. Los atarbanes policivos, los oficiales y los vándalos, son tan parecidos que intercambian de rol. Los policías se visten de manifestantes, se infiltran y propician el desmán ante sus colegas del ESMAD, pero la caterva de encapuchados aprovecha para sentirse ley por unas horas y cualquier observación contraria o llamado a la mesura es un delito, es gasolina para la hoguera hormonal que les calienta la sangre a estos convictos de la edad de piedra. Esto es un juego bellaco de tejo donde la protesta justa deja de ser lo protagónico —lo que pasa en el campo, lo que pasa en la educación, lo que pasa en la política—, y los protagonistas son todos esos ángeles exterminadores oficiales o alternativos que fraternizan en un solo corazón y tienen su partidito de terror, usan de balón a los que intentan verbalizar su descontento con el paso a paso, consigna a consigna, tutela a tutela. Al final todos terminan disminuidos, emparentados por proximidad con el matoneo de la fuerza bruta. As