Rumor de límites. Memoria del desasosiego (hacia las Pinturas Negras) FINAL DE LAS PINTURAS NEGRAS-QUINTA DEL SORDO | Page 225

225 Este hecho que probablemente fuera menos extraño de lo que nues- tras mentes “de corrección edulcorada y corregida educacionalmente” pue- den servir como elemento de burla claramente a una de ellas y de curiosi- dad más tranquila a su compañera. Son personajes sencillos pertenecientes al llamado “populacho” por la aristocracia clasista y algunos ilustrados. Personajes comunes que serían en sus expresiones muy espontáneas, como constantemente nos lo recuerda Goya en decenas de sus dibujos. Ese pueblo anónimo, que vive en miseria perpetua y al que quieren miserable. Ese pue- blo que nutre con irreprochable certeza la sabia de sus pinceles. Sumidos en un fondo oscuro, casi negro, destaca la blusa blanca del hombre. El cuadro produce una sensación de tristeza que viene reforzada incluso por la risa burlona de la figura central. Hay mofa en un ambiente que más que erotismo muestra frustración, la imposibilidad de una sexuali- dad abierta, queda reducida a una torpe, incómoda y nada íntima mastur- bación. El rostro del personaje induce a pensar en un ser tal vez con alguna enfermedad neurocerebral lo que contribuye a hacer más cruel, si cabe, la presencia de las dos figuras y sobre todo la risa de malsana complicidad que muestra el rostro de la mujer del centro. El hecho de que oculte su acto bajo unos paños añade un tono de patetismo moral. Sin embargo en esta ocasión el personaje no es un anciano por lo que en caso de ser cierto la presunción de una tara física, hacen de él el prototipo del “tonto del pueblo” que sirve de escarnio para los demás. Tal vez Goya quisiera apuntar en esta dirección. La sexualidad reprimida. Dos mujeres asisten a un acto de sexualidad per- sonal que, no obstante, es vivido como algo natural con la picaresca de lo