Rumor de límites. Memoria del desasosiego (hacia las Pinturas Negras) FINAL DE LAS PINTURAS NEGRAS-QUINTA DEL SORDO | Página 184
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tados, cadavérico uno, con los ojos saltones el otro. El de rostro cadavérico
tiene la cuenca de los ojos como oquedades negras, donde se adivinan ojos
y mirada; su cabeza tiene aspecto de calavera. La persona de la izquier-
da, según el espectador, sujeta con dedos artríticos una cuchara que parece
querer introducir en un plato, mientras que con la otra mano parece indicar
algo, a lo que está refiriéndose, dirigido probablemente al otro acompañan-
te. Son su postura y su rostro las que nos sacan de quicio, las que nos sacan
del quicio, las que nos hacen sentir que esos ojos nos atrapan, que esa boca
curvada,bajo la que se adivinan una cavidad desdentada, nos sumerge en
un mundo de aspecto siniestro, la vejez sin contemplaciones, sin adornos
aternurados, sin lijas cosmetizantes. La vejez en todo su esplendor, sopor-
tando las secuelas morales y físicas del tiempo. La vejez terrible, abisal, en
unos ojos desorbitados, en una mueca obscena puesto que nos sobrecoge por
su descaro, por donde gravita su descarnamiento. Sus ojos nos hablan de
gula y de ceguera. Da la sensación que esos ojos tremendos saltones, ensi-
mismados no ven aún cuando miren. Un descarnamiento que desde la fisi-
cidad de la figura de la derecha se contrapone y concreta en dos cuencas
vacías en una cabeza calavérica donde no hay ojos, en contraste vivísimo
con la otra figura.
No obstante, nos atrapan esos ojos, todos. Hay en ellos un tratado
de sicología humana. Un juego de contrarios, cuencas vacías, frente a ojos
desorbitados, vivísimos, y sin embargo parecen no ver, parecen que su comu-
nicación es un diálogo de sordos, cada uno con sus cuitas, como esos seres
donde tras decenas de años de convivencia se hablan y no se escuchan se