Rumor de límites. Memoria del desasosiego (hacia las Pinturas Negras) FINAL DE LAS PINTURAS NEGRAS-QUINTA DEL SORDO | Page 145
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A cuanto vemos por las fotografías habría que añadir los deterioros
del traslado al lienzo, que ignoramos ni cuántos ni de qué magnitud pudie-
ron ser, pero sospechamos que debieron ser importantes, dada la compleji-
dad y las dimensiones de la pintura mural original.
Pese a todo lo que hoy podemos apreciar nos sugiere que esta pin-
tura, más que terrible, resulta desconcertante e incluso paradójica. Es su-
gestivo compararla con aquella del mismo tema que Goya pintó en 1798
(Madrid, Museo Lázaro Galdiano), en la que la figura del macho cabrío,
situada de frente al observador, es protagonista único de la composición, lo
que no ocurre aquí. Además como sucedió con el de la Pradera de S. Isidro
al compararla con la del mismo motivo en la pintura de la Quinta del Sordo
advertimos la misma distancia de color, de composición, de enfoque. Goya
pinta en ambos casos desde otra posición, desde otra actitud. Los cuadros
entonces eran encargos y estas pinturas murales son prolongación íntima,
implicación personal, amargura crítica, desilusión enraizada. Entre am-
bas: años, libertad personal, también tristeza y decepción al ver la mani-
pulación, el sometimiento, la fuerza de la irracionalidad y el control de las
masas.
Antes de entrar analizar esta obra maestra, reseñemos que su di-
mensión, claramente coincide con la de la Romería de San Isidro y al
menos sabemos que El Aquelarre, como hemos señalado, era bastante más
extensa por ambos lados, según el testimonio gráfico de Laurent. Por lo que
hemos de pensar que probablemente La Romería sufriría otra mutilación