IQUIQUE SIEMPRE DE FIESTA
Por PEDRO MARAMBIO (*)
Aquí estoy de nuevo, enfrentado
al público, a cada uno de ustedes,
pensando en lo que divagan. Qué
difícil resulta comunicarnos cuando
debiera ser un asunto cotidiano,
bello en esencia. Transmitir lo
que pensamos a través de las
palabras, de la música que emite
la voz, del cosmos esencial
que llevan los sonidos cuando
hablamos o callamos, porque el
silencio también es un sonido, una
sinfonía llena de la gracia hecha
de corcheas relampagueantes y
vientos pampinos.
Suelo sonrojarme cuando
me piden hablar, en mi cabeza
el torbellino bello y ventoso de
las ideas hace volar por los aires
imágenes, recuerdos, y todo
confundido suelo tartamudear
porque hablar con belleza es tan
difícil como hacer llover. Sólo
cuando escribo soy yo, a solas,
lastimado con el silicio de la
modernidad inspiradora pero cruel
y solitaria. Cuando estoy a solas no
me duele la vida.
Prestemos atención, a los que
nos está sucediendo, instalemos la
política de la belleza, la que tiene
que ver con el altruismo, con la
conmiseración, así aparecerá en
balcones y plazas de esta ciudad
el tinte de la poesía, porque si
algo le falta a la vida es el sonido
perentorio de la risa, el brillo de
todos los solsticios en la mirada, el
abrazo infinito.
Ahora que he hablado,
los veo con mayor nitidez, sé que
están ahí, los percibo, puedo sentir
el calor que en este instante nos
aúna, no soy yo, no son ustedes,
es el milagro de la poesía, la
redención de la belleza, estamos
por un instante aferrados a esta
tabla donde perviven todas
las mañanas del mundo, los
sueños inspiradores, las buenas
intenciones.
Pensando en estas razones,
en la frialdad viciosa con que
enfrentamos la rutina, es que me
siento honrado de recibir este
premio que nos recuerda a la
inmortal María Monvel, sumida
por nosotros sus coterráneos en un
olvido injustificado, pobre de ella
que cantó al deseo sagrado en los
deprimentes y pacatos años del
1.800.
Es un galardón que tal vez
no me merezca o tal vez sí,
esa disyuntiva se la dejo a los
académicos. Pero tengo aún una
razón más poderosa para recibirlo,
vienen conmigo al convite de las
letras, mi madre Felisa Sara que
me leía cuentos inventados por ella
para que el pequeño se durmiera
con el arrullo de su voz; mi padre
carabinero, que me enseñó a leer
con la gracia pueblerina de un
hombre que siempre fue niño;
mis hermanos que practicaban
deportes en el club Rápido y uno
de ellos cantaba en los malones
las canciones setenteras alegres
como la espuma de una bebida
de verano; llegan tíos y primos,
abuelos. Mi bisabuelo que fue a
la guerra como Mambrú y volvió
herido y melancólico, viejo como la
muerte. Recibo este premio en ho-
nor a sus vidas vívidas y vividas en
el concierto de la vecindad, en una
ciudad amable, siempre de fiesta,
de puertas abiertas, de pichangas
en medio de la calle, de Navidades
y Años nuevos celebrados en la
calle, donde quemaban el viejo
año y los vecinos se abrazaban con
verdad.
(*) Extracto del discurso pronunciado por el poeta Pedro Marambio,
en la ceremonia donde recibió el Premio María Monvel.
24 tarapacáinsitu
LOS NIÑOS DISFRUTAN DE
SU CARNAVAL EN EL MORRO
fotografías FRANCO MIRANDA
A fines de febrero, todos los años los vecinos del Barrio El Morro
se preparan para su máxima celebración. Engalanan sus casas,
cuelgan guirnaldas y disfrutan de las bandas de bronce que
suenan estridentes e invitan a mover los pies. Al final de la fiesta,
el día del entierro del Carnaval, se pasean por las calles, juegan
con agua y harina y llegan irreconocibles a la Playa Bellavista. Allí
finaliza la juerga. Es una tradición que estuvo por las cuerdas, casi
extinta, pero que las nuevas generaciones han logrado rescatar
del baúl de los recuerdos. En hora buena.