sus derechos como lo son la realización del servicio militar y la participación
dentro del gobierno, por lo que disfrutaban de las diversas reformas
socioeconómicas.
En el caso de Roma, coincidió con los griegos, en la obligación del
servicio militar, pero además este nombramiento conllevaba una serie de
derechos y obligaciones como el derecho a votar, aunque esta condición y
pagar impuestos para alcanzar la virtud cívica o virtus que presentaba
similitudes con el concepto de areté en Grecia.
Desde la visión política, se manifiesta una relación ciudad-estado,
caracterizada por un espacio demográfico reducido que permite el
reconocimiento de cada habitante, suficiencia económica y la independencia
política representada por sus propias leyes, donde se establecía que el
derecho a la ciudadanía que se adquirían en el nacimiento, con la accesibilidad
a la educación, obligaciones militares, participación en las fiestas y prácticas
religiosas, variando en esencia dependiendo del Estado al que pertenecía.
Tras la llegada de la Edad Media (Siglo V al XIV), se inicia un
crecimiento de la ciudadanía a partir del liderazgo de la Iglesia Católica, sin
embargo, surge una dualidad en la ciudadanía, la vista desde la creencia hacia
Dios y hacia la oración, frente a la ciudadanía política, con influencia en la
burguesía y el comercio. En el orden religioso, se observa la influencia del
aspecto espiritual, el ciudadano como ser que asume las orientaciones de
Dios, el poder del alma y la creencia de que su salvación depende del
comportamiento que éste tenga.
Desde el punto de vista político, en esta época se observa un avance
hacia la transformación social, en virtud que la ciudadanía fue buscando
significado en el entorno político, aunque discriminándose en forma general
con una clasificación social la distinción entre ciudadanos entre los del entorno
rural y ciudadanos del entorno urbano, la primera clasificación, se encuentra
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Arbitrado
de ciudadanos privilegiados a aquellas personas que estaban consciente de