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Luego de llegar a nuestro destino, intenté presionarlo para que buscara alguna forma de conseguir dinero. Nos prometió que al día siguiente nos pagaría, que lo llamáramos por teléfono. “Miren, ¿quieren ver la nueva manopla que me compré?” Sin esperar nuestra respuesta, sacó un fierro pintado de blanco, con dos cuernos en el medio, listos para sacarle los ojos a quien tuviera la mala fortuna de cruzarse en su camino. Luego de eso, nos despedimos y nos bajamos del camión. Quedamos de hablar al otro día, para que nos pasara el dinero que nos debía. Claro, nunca más supimos de él y la verdad es que tampoco hicimos mucho por encontrarlo. Por: Nicolás Ríos. www.revistasapo.com 83