HISTORIAS DE MOCHILEROS
De no más de 1.60 de altura y de complexión
delgada, moreno, cabello corto y barba de candado.
Así era Patricio, de 52 años y diez hijos repartidos
entre Brasil, Argentina, Paraguay y Chile. Hasta ahí,
todo el viaje era una historia divertida, algo para
contarle a los amigos cuando nos bajáramos del
camión.
Luego comenzó una larga conversación sobre
su vida mientras avanzábamos kilómetros por la
caretera Panamericana. En esa zona se convierte
en una monótona vía casi sin curvas que cruza por
medio del desierto. —Entonces, ¿qué hacías antes
de conducir camiones?— le pregunté.
“Ahora decidí parar, porque antes me comportaba
muy mal. Ya estoy viejo. Una vez interné una
tonelada de mariguana desde Argentina y me
descubrieron. Estuve como medio año en la cárcel.
Pero al menos me di el gusto de poder cogerme a la
dealer que tenía la mercadería. Era estupenda. Alta,
rubia y con mucho dinero. Tenía un auto increíble.
Era como una modelo, inalcanzable para mí”.
Silencio.
“Después salí y caí de nuevo, destruí la casa de
un tipo que había intentado abusar de mi hija. Se
lo llevaron al hospital y ahí lo fui a buscar con una
pistola para matarlo. Tuve la suerte de que justo
estaban seis policías en una ronda de rutina. Me
detuvieron antes de poder dispararle”.
Silencio.
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