Revista Perniciosa Mar. 2015 | Seite 8

Iba a pasarla a buscar después de la medianoche. Desordenó el placard en búsqueda del vestido adecuado. El negro era demasiado escotado. El rojo, demasiado elegante. El verde, demasiado corto. El azul, ¡Ah, el azul era su color preferido! Era perfecto. Ella era perfecta. Si yo hubiese podido darle lo que ella necesitaba para ser feliz lo hubiera hecho. Darle algo más que un ronroneo acogedor. Paseé entre sus piernas rozando mi pelo suavemente en señal de aprobación. -Este te gusta, ¿verdad Neón? Ronroneé y estire mis patas sobre su pierna. Me acarició el lomo. Se sentó sobre la mesa, cruzó las piernas mientras sacaba de una cartuchera un esmalte de uñas. Se pasó la pintura sobre el dedo corazón con cuidado de no manchar los bordes. Me tiré en la cama y lamí mi pata. La noche caía pesadamente como un manto negro rasgado por las ramas de los árboles. Una ligera lluvia comenzó a deslizarse por la ventana. Delicadas gotas que rodaban una tras otra estallando en el piso del balcón. Sentí un escalofrío y me acurruqué en el almohadón rubí. Desperté con el timbre. Ella estaba más alta como todos los viernes en la noche. Ese día ella era una luz. Como si todos sus poderes mágicos se acrecentaran los viernes y se viera más hermosa. Si ante mis ojos ella era una diosa todos los días, el viernes lo era ante los ojos de todos. Cuando él entró me ericé. Vi en sus ojos el origen de todas las tormentas que caerían sobre, ahora, mi casi inexistente pelaje. -No te preocupes. Está raro desde que lo castraron hace unos días. - dijo ella. Él sonrió y me miró de reojo, con odio. Le gruñí y enseñé mis garras. En cuanto salieron me las ingenié para seguirlos por los techos hasta que estos se acabaron. La ruta dejó de correr bajo mis pies. Se detuvieron en un lugar lleno de carteles y luces que parpadeaban. Me hacían doler la cabeza. Era un lugar rodeado de murallas, donde se oían gritos como si fuese alguna cámara de tortura o un antiguo templo, de esos que mis ancestros solían cuidar y donde realizaban rituales de sangre, bebida predilecta de mis antecesores.