Iba a pasarla a buscar después de la medianoche.
Desordenó el placard en búsqueda del vestido
adecuado.
El negro era demasiado escotado. El rojo, demasiado
elegante. El verde, demasiado corto. El azul, ¡Ah, el
azul era su color preferido! Era perfecto. Ella era
perfecta. Si yo hubiese podido darle lo que ella
necesitaba para ser feliz lo hubiera hecho. Darle algo
más que un ronroneo acogedor. Paseé entre sus
piernas rozando mi pelo suavemente en señal de
aprobación.
-Este te gusta, ¿verdad Neón?
Ronroneé y estire mis patas sobre su pierna. Me
acarició el lomo.
Se sentó sobre la mesa, cruzó las piernas mientras
sacaba de una cartuchera un esmalte de uñas. Se
pasó la pintura sobre el dedo corazón con cuidado de
no manchar los bordes.
Me tiré en la cama y lamí mi pata. La noche caía
pesadamente como un manto negro rasgado por las
ramas de los árboles.
Una ligera lluvia comenzó a deslizarse por la ventana.
Delicadas gotas que rodaban una tras otra estallando
en el piso del balcón.
Sentí un escalofrío y me acurruqué en el almohadón rubí.
Desperté con el timbre. Ella estaba más alta como todos los
viernes en la noche. Ese día ella era una luz. Como si todos
sus poderes mágicos se acrecentaran los viernes y se viera
más hermosa. Si ante mis ojos ella era una diosa todos los
días, el viernes lo era ante los ojos de todos.
Cuando él entró me ericé. Vi en sus ojos el origen de todas
las tormentas que caerían sobre, ahora, mi casi inexistente
pelaje.
-No te preocupes. Está raro desde que lo castraron hace
unos días. - dijo ella.
Él sonrió y me miró de reojo, con odio. Le gruñí y enseñé mis
garras.
En cuanto salieron me las ingenié para seguirlos por los
techos hasta que estos se acabaron. La ruta dejó de correr
bajo mis pies. Se detuvieron en un lugar lleno de carteles y
luces que parpadeaban. Me hacían doler la cabeza.
Era un lugar rodeado de murallas, donde se oían gritos
como si fuese alguna cámara de tortura o un antiguo
templo, de esos que mis ancestros solían cuidar y donde
realizaban rituales de sangre, bebida predilecta de mis
antecesores.