Qué venía, qué iba, que se le habían cansado las piernas, eso
era lo que me decía cuando avistamos las luces de Villa de la
Quebrada. Venía rezando en cinco idiomas, haciendo
promesas cada vez que parábamos para meterle un trago a la
botella de ginebra. Qué este año no descendemos, que este
año me caso con la Marita, que este año hago la piecita al
fondo para guardar las herramientas. Nos quedamos un rato a
orillas de un zanjón lleno de residuos, al que todos llamaban
con sarcasmo el río, y ahí fue cuando me contó de la carpita
del placer. A él le había contado un primo que vino el año
pasado a la fiesta de la Villa, se vino caminando desde
Mercedes, le había pedido al Cristo una camioneta para
repartir la soda y cumplió no más el santo. Me dijo, son unas
coreanas que te hacen masajes. Si, si, está para el lado de
Nogolí, la han instalado en medio de un descampado. Una
carpa negra y adentro hay una camilla. Dicen que esas minas
tienen una concha en cada mano. Y después de cumplir la
promesa, comer unos panchitos en la plaza, nos fuimos para
la carpita. Atravesamos una senda entre unos jarillales, más
allá había una casa de adobe, salieron unos chocos flacos,
hambrientos, que no paraban de ladrar y ahí apareció la
carpita. En la puerta había un tipo flaco fumando, fumando
como si se le fuera la vida en cada pitada. Quieren relajarse,
muchachos, nos dijo. Pasen, pasen y corrió la cortina. Ahí
estaban casi en tetas las dos coreanas. Nos miraron y trataron
de soltar una risa imposible. Quise decir algo gracioso, pero
cuando me descuidé estaba sobre la camilla con la bragueta
desprendida y una de ellas me había llenado la verga de crema
hidratante.
Me apoyó una mano en el vientre y con la otra empezó a
desparramar la crema, hasta humectarme los huevos. Con
tranquilidad empezó a correrme la paja, formando unos anillos
invisibles con sus manos. Cuando estaba por acabar, me vendó los
ojos y subió el volumen a la música. Sonaban una especie de gaitas
ululantes. Entonces fue cuando me coló dos dedos por atrás, bien
a fondo. Apreté los dientes y busqué respirar, fue un orgasmo
hacia adentro. Una implosión de placer. Parecía que las entrañas se
me desmoronaban. Me quitó la venda y me pasó un rollo de papel
higiénico. Limpiate, ahora vas a estar hecho una sedita, me dijo.
Cuando habló supe que de coreana sólo tenía la pinta. Tenía las
piernas envaradas, parecía que pisaba sobre nubes cuando salí.
Afuera mi amigo, me esperaba fumando un cigarrillo. Volvimos
para el lado del pueblo sin decir nada, balbuceando, recorrimos los
puestos de ropa y miramos con tristeza a los encantadores de
serpientes, a los tahúres que echaban a suerte las monedas de un
ciego, a las chicas que mostraban los pechos desde el interior de
una vidriera. Allá abajo sobre el horizonte caía un sol pálido y
helado que envolvía a todo con una luz líquida, como si nada en el
mundo pudiera cobijarnos.
Francisco Baigorria. Nació en Arizona, San Luis, en 1990.
Actualmente se encuentra desocupado. Prepara un libro de
relatos urbanos. Sueño con ser el protagonista de la película
porno que imaginó la chica de colegio privado con diez meses de
abstinencia.