Revista Perniciosa Mar. 2015 | Page 26

Qué venía, qué iba, que se le habían cansado las piernas, eso era lo que me decía cuando avistamos las luces de Villa de la Quebrada. Venía rezando en cinco idiomas, haciendo promesas cada vez que parábamos para meterle un trago a la botella de ginebra. Qué este año no descendemos, que este año me caso con la Marita, que este año hago la piecita al fondo para guardar las herramientas. Nos quedamos un rato a orillas de un zanjón lleno de residuos, al que todos llamaban con sarcasmo el río, y ahí fue cuando me contó de la carpita del placer. A él le había contado un primo que vino el año pasado a la fiesta de la Villa, se vino caminando desde Mercedes, le había pedido al Cristo una camioneta para repartir la soda y cumplió no más el santo. Me dijo, son unas coreanas que te hacen masajes. Si, si, está para el lado de Nogolí, la han instalado en medio de un descampado. Una carpa negra y adentro hay una camilla. Dicen que esas minas tienen una concha en cada mano. Y después de cumplir la promesa, comer unos panchitos en la plaza, nos fuimos para la carpita. Atravesamos una senda entre unos jarillales, más allá había una casa de adobe, salieron unos chocos flacos, hambrientos, que no paraban de ladrar y ahí apareció la carpita. En la puerta había un tipo flaco fumando, fumando como si se le fuera la vida en cada pitada. Quieren relajarse, muchachos, nos dijo. Pasen, pasen y corrió la cortina. Ahí estaban casi en tetas las dos coreanas. Nos miraron y trataron de soltar una risa imposible. Quise decir algo gracioso, pero cuando me descuidé estaba sobre la camilla con la bragueta desprendida y una de ellas me había llenado la verga de crema hidratante. Me apoyó una mano en el vientre y con la otra empezó a desparramar la crema, hasta humectarme los huevos. Con tranquilidad empezó a correrme la paja, formando unos anillos invisibles con sus manos. Cuando estaba por acabar, me vendó los ojos y subió el volumen a la música. Sonaban una especie de gaitas ululantes. Entonces fue cuando me coló dos dedos por atrás, bien a fondo. Apreté los dientes y busqué respirar, fue un orgasmo hacia adentro. Una implosión de placer. Parecía que las entrañas se me desmoronaban. Me quitó la venda y me pasó un rollo de papel higiénico. Limpiate, ahora vas a estar hecho una sedita, me dijo. Cuando habló supe que de coreana sólo tenía la pinta. Tenía las piernas envaradas, parecía que pisaba sobre nubes cuando salí. Afuera mi amigo, me esperaba fumando un cigarrillo. Volvimos para el lado del pueblo sin decir nada, balbuceando, recorrimos los puestos de ropa y miramos con tristeza a los encantadores de serpientes, a los tahúres que echaban a suerte las monedas de un ciego, a las chicas que mostraban los pechos desde el interior de una vidriera. Allá abajo sobre el horizonte caía un sol pálido y helado que envolvía a todo con una luz líquida, como si nada en el mundo pudiera cobijarnos. Francisco Baigorria. Nació en Arizona, San Luis, en 1990. Actualmente se encuentra desocupado. Prepara un libro de relatos urbanos. Sueño con ser el protagonista de la película porno que imaginó la chica de colegio privado con diez meses de abstinencia.