Revista Perniciosa Mar. 2015 | Seite 19

Pensé que todo seguía el típico curso de lo establecido por el guión, en la comisaría un par de palos, insultos y a esperar que los próximos jugadores de fichas livianas cayeran encima de las abarrotadas celdas para que nos liberen, no sin antes la palabrería de lo que ocurrirá si nadie cambia nada. Recuerdo que el flaco siempre repetía lo mismo “las cosas son como son y no como podrían haber sido”, y la metáfora esta vez no vino a la fiesta. Todo se diluye en el vaso de agua que consume la pastilla de los vívidos recuerdos que se hace efervescente para olvidar algo imposible de olvidar. Hasta sentarse en el piso, con algunas trompadas todavía en delay sobre las costillas doloridas, era todo esperable. Que nos pegaron más de la cuenta es parte de la historia común. Y no sé por qué recuerdo a Juan, vivía al frente de casa. Lo pasaba a buscar cuando la ceremonia de la siesta había terminado con su tiranía, pelota bajo el brazo golpeaba la puerta y esperaba a la madre para preguntar si iba a salir a jugar Juan, rogando que la escuela quedara lo suficientemente lejos. Porque verlo jugar a Juan en la placita, eso sí era un poema, iba acariciando la pelota como si fuera un juguete que había nacido con él. Algunos en el barrio contaban que los mellizos de doña María no eran más que Juan y una pelota de futbol cinco que salió escupida por los jugos y sangre vaginal esa tarde en la que el mundo se quedó tieso. El policía y el asco impreso en su mueca mientras me decía que no lo mirara, pero como una premonición no podía despegarme de sus ojos, por más que los golpes cada vez más repetitivos, caían sobre mí como una lluvia de demonios saltarines. Parecía que ya podía adivinar lo que vendría, la violencia y Satanás riendo mientras acaricia a dios que en cuatro patas a su lado le da la patita y se hace el muertito cuando él se lo ordena. Nos obligó a sacarnos la ropa y a quedar con la cara contra el suelo. “A sus ángeles mandará acerca de ti/ En sus manos te sostendrán, / Para que no tropieces con tu pie en piedra.” decía una voz ronca a mi oído. La escuchaba clarito mientras el dolor en las costillas se tornaba insoportable por los repetidos golpes certeros que no vacilaban. El hocico del Ovejero Alemán acariciaba mis nalgas mientras yo llorando repetía las palabras de Mateo una y otra vez “Todo esto te daré, si postrado me adorares”. Juan esa tarde estaba impresionante. Ya desde el camino de mi casa, hasta el campito le veía un halo especial, sabía que una página importante se estaba por escribir. Del Lince habían llegado los chicos que querían llevarse los goles. La tierra y las corridas eran parte del análisis deportivo de cualquiera que se sentara a mirarnos patear la niñez sin miedo a la vida. Era la final de un campeonato mundial, nadie se animaba a tirar un caño en el área propia. Nos jugábamos la dignidad, que sigue siendo un juego de niños. Cuando Juan sin avisar se subió de prepotente que era nomás, a un ángel extinto hace mucho tiempo. Cuando se ató la pelota a los cordones llenos de barro y corrió sin que nadie advirtiera que no era de este mundo, que estaba en otro plano muy distinto al nuestro. Nadie podría parar esa corrida, creímos que iba a correr por siempre, que nunca se detendría ante nada. Pero el arco estaba ahí para coronar el suave desliz de las piernas incansables. No me acuerdo si el gol fue bueno, pero recuerdo que Juan quedó estático mirando las montañas, y el Lince, esa sierra coronada por el sol que se ponía como en super slow. Ahí Juan se quedaría para siempre, como una estatua coronada por la gloria, esa gente que nace para estar en la cima del volcán en plena ebullición. Abrir el ano, meter la punta del arma, sangre, perversión, dolor, bronca, lágrimas, recuerdos, ojos bien cerrados, golpes, carcajadas. A Juan nunca más lo vi, creo que al irse del barrio se metió en una iglesia evangélica y dejó el deporte por la vida ordenada. Aliento del demonio tras la nuca, su lengua bífida y tibia recorriendo mi oreja mientras solo palabras dulces tiene para los muertos. Según la gente del lugar nunca nadie vio otro gol igual, como todo lo esplendoroso todo el mundo estaba ahí la tarde que Juan superó al mismísimo Maradona en una canchita del barrio 544 viviendas. Cuando los chicos del Lince habían “subido” para jugar el partido de la memorable tarde. No logro recordar la cara, ni siquiera el dolor, todo es como ajeno, pero la bronca, eso sí, era como una impotencia que implosiona mientras la sirena gira en busca de nuevos detractores de la ley. Gente peligrosa que ronda por los oscuros corredores, esperando la oportunidad para desordenar lo que tantos años costó poner en su sitio. Y ahí van los sabuesos con sus ojos destilantes, apretados en las esquinas para descubrir el mal paso que nos puede llevar a una anarquía exuberante.