Pensé que todo seguía el típico curso de lo establecido por el
guión, en la comisaría un par de palos, insultos y a esperar
que los próximos jugadores de fichas livianas cayeran encima
de las abarrotadas celdas para que nos liberen, no sin antes
la palabrería de lo que ocurrirá si nadie cambia nada.
Recuerdo que el flaco siempre repetía lo mismo “las cosas
son como son y no como podrían haber sido”, y la metáfora
esta vez no vino a la fiesta. Todo se diluye en el vaso de agua
que consume la pastilla de los vívidos recuerdos que se hace
efervescente para olvidar algo imposible de olvidar. Hasta
sentarse en el piso, con algunas trompadas todavía en delay
sobre las costillas doloridas, era todo esperable. Que nos
pegaron más de la cuenta es parte de la historia común. Y no
sé por qué recuerdo a Juan, vivía al frente de casa. Lo pasaba
a buscar cuando la ceremonia de la siesta había terminado
con su tiranía, pelota bajo el brazo golpeaba la puerta y
esperaba a la madre para preguntar si iba a salir a jugar Juan,
rogando que la escuela quedara lo suficientemente lejos.
Porque verlo jugar a Juan en la placita, eso sí era un poema,
iba acariciando la pelota como si fuera un juguete que había
nacido con él. Algunos en el barrio contaban que los mellizos
de doña María no eran más que Juan y una pelota de futbol
cinco que salió escupida por los jugos y sangre vaginal esa
tarde en la que el mundo se quedó tieso.
El policía y el asco impreso en su mueca mientras me decía
que no lo mirara, pero como una premonición no podía
despegarme de sus ojos, por más que los golpes cada vez
más repetitivos, caían sobre mí como una lluvia de demonios
saltarines. Parecía que ya podía adivinar lo que vendría, la
violencia y Satanás riendo mientras acaricia a dios que en
cuatro patas a su lado le da la patita y se hace el muertito
cuando él se lo ordena. Nos obligó a sacarnos la ropa y a
quedar con la cara contra el suelo.
“A sus ángeles mandará acerca de ti/ En sus manos te
sostendrán, / Para que no tropieces con tu pie en piedra.”
decía una voz ronca a mi oído. La escuchaba clarito mientras
el dolor en las costillas se tornaba insoportable por los
repetidos golpes certeros que no vacilaban. El hocico del
Ovejero Alemán acariciaba mis nalgas mientras yo llorando
repetía las palabras de Mateo una y otra vez “Todo esto te
daré, si postrado me adorares”.
Juan esa tarde estaba impresionante. Ya desde el camino
de mi casa, hasta el campito le veía un halo especial, sabía
que una página importante se estaba por escribir. Del Lince
habían llegado los chicos que querían llevarse los goles. La
tierra y las corridas eran parte del análisis deportivo de
cualquiera que se sentara a mirarnos patear la niñez sin
miedo a la vida. Era la final de un campeonato mundial,
nadie se animaba a tirar un caño en el área propia. Nos
jugábamos la dignidad, que sigue siendo un juego de niños.
Cuando Juan sin avisar se subió de prepotente que era
nomás, a un ángel extinto hace mucho tiempo. Cuando se
ató la pelota a los cordones llenos de barro y corrió sin que
nadie advirtiera que no era de este mundo, que estaba en
otro plano muy distinto al nuestro. Nadie podría parar esa
corrida, creímos que iba a correr por siempre, que nunca se
detendría ante nada. Pero el arco estaba ahí para coronar
el suave desliz de las piernas incansables. No me acuerdo si
el gol fue bueno, pero recuerdo que Juan quedó estático
mirando las montañas, y el Lince, esa sierra coronada por el
sol que se ponía como en super slow. Ahí Juan se quedaría
para siempre, como una estatua coronada por la gloria, esa
gente que nace para estar en la cima del volcán en plena
ebullición.
Abrir el ano, meter la punta del arma, sangre, perversión,
dolor, bronca, lágrimas, recuerdos, ojos bien cerrados,
golpes, carcajadas. A Juan nunca más lo vi, creo que al irse
del barrio se metió en una iglesia evangélica y dejó el
deporte por la vida ordenada. Aliento del demonio tras la
nuca, su lengua bífida y tibia recorriendo mi oreja mientras
solo palabras dulces tiene para los muertos. Según la gente
del lugar nunca nadie vio otro gol igual, como todo lo
esplendoroso todo el mundo estaba ahí la tarde que Juan
superó al mismísimo Maradona en una canchita del barrio
544 viviendas. Cuando los chicos del Lince habían “subido”
para jugar el partido de la memorable tarde. No logro
recordar la cara, ni siquiera el dolor, todo es como ajeno,
pero la bronca, eso sí, era como una impotencia que
implosiona mientras la sirena gira en busca de nuevos
detractores de la ley. Gente peligrosa que ronda por los
oscuros corredores, esperando la oportunidad para
desordenar lo que tantos años costó poner en su sitio. Y ahí
van los sabuesos con sus ojos destilantes, apretados en las
esquinas para descubrir el mal paso que nos puede llevar a
una anarquía exuberante.