Un juego de lugares entre el otro y yo. Lugares móviles. Un sitio desplaza a otro. Manipulación. Técnicas disuasivas. Efectos a largo
plazo. Crear una complicidad transitoria.
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Apoyó sus recuerdos en la silla vacía, y dejó que el reloj tictaqueara en cámara lenta. Le dio cierto trabajo quitarse los botones de la
camisa a rayas. Balbuceó algo mientras apagaba el cigarrillo. Media hora. Ciento veinte pesos. Ella a medio desvestir salió con el dinero.
Un billete de cien y otro de cincuenta. A la salida le dan el vuelto, señor, le dijo al volver. Para ese entonces él ya se había sacado toda
la ropa. En un santiamén me empeloté. En la bolsita de tela blanca ella buscó el preservativo. ¿Qué otras cosas habrá dentro de la
bolsita? Un desodorante de ambiente. Gel lubricante. Espermicida. Pañuelos descartables. En otros sitios más decadentes recuerdo
rollos de papel de cocina. ¿Por dónde te parece que empecemos? Hay tanto por hacer que esta media hora va a resultar escasa.
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Ah, era cierto lo que se murmuraba. ¡Raymundo Godoy! ¡Veinticinco centímetros de placer! Raymundo Godoy, El Calcuta para las
putas, perdón, para las chicas. Nunca vi un buen pedazo como este, y eso que está medio muerta. Cuesta empinarla. Al principio todo
se hace cuesta arriba. Un glande bastante poroso. Sos de los que una vez que empiezan no pueden parar. Me vas a dinamitar la
concha. Una implosión vaginal. Calcuta, yo digo tu nombre en gotas como si rezara el rosario. ¿Cómo vas a querer acabar? Vos te fijas,
durante esta media hora te voy a conceder todos tus deseos. Si es en la boca sube la tarifa. Mira que me estoy arriesgando. Cuando
estés por acabar me haces una seña, una palmadita en la cola. Yo te saco el condón y entonces, Raymundo Godoy, cumplís tu sueño.
Me llamo cielo. También podría llamarme paraíso. No hay música más maravillosa que el ruido de tu boca succionando y succionando.
Veo que va a correr mucha sangre. Entre los calcetines llevo una navaja. Con ella solía pelar cerdos. Van a bastar un par de tajos para
que se desate la sinfonía. Tu cuerpo es un árbol degollado. En torno a tu vientre crecen alambres de púas. Unos hombres de chaquetas
verdes nos apuntan con sus linternas.
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Amanece y el sopor de la escarcha se niega a aplacarse. Con una regadera de plástico naranja humedezco el patio de tierra, mientras la
otra que vive en mi cabeza desprende estrellas de un cielo cada vez más sombrío.
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Mientras tanto trato de no asombrarme.