La primera vez que vino estuvo media hora para decidirse. Le servimos un vasito de vino para que la cabeza se le despejara.
Tenía los zapatos embarrados. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pedazo de diario, y con prolijidad limpió la suela.
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En alguna parte de su diario, mi compañera había anotado las medidas de Raymundo Godoy. Descomunales. Truculentas. 22
x 5. Eso sí, le costaba endurecerla. Había que poner énfasis en el juego previo. Lento, desgarrador, particularmente extraño
como si un leve ardor surgiera al empezar la fricción para luego devenir en resplandor
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Qué quiso decir aquella noche con la miraba turbia por el alcohol arriba y un poco más abajo, desplazándose hacia las
sombras, quebrado por la carga excesiva, respirando con dificultad, hasta ver entre esas piernas la desaparición total del
deseo, con un oído puesto en la inmensidad, tratando de esclarecer entre esas nalgas temblorosas esa antigua duda.
El verano es desalentador. Cualquier intento de mantenerse en pie parece costar el doble de esfuerzo sólo por el efecto de
las altas temperaturas. Cuarenta grados a la sombra. La transpiración inundando el corpiño, cubriendo las tetas de gotas
salitrosas. Las moscas azuladas revoloteando, zumbando, despeinando la muñeca en cinta. Así es imposible moverse, cubrir
los espacios en blanco, fugarse en el vacío entre unos brazos que te asfixian y unos muslos que te disuelven, viendo
desmoronarse todo sin ruido.
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El esplendor de los cuerpos en permanente combustión.
Abolición del deseo.
Fuerza centrífuga del desnudo.
Mínima desconexión temporal.
La noción de desnudez sólo es comprensible en relación con el otro. Yo soy la desnudez del otro que es mi desnudez.
Cuerpos que se interpelan sin unirse. Imposibilidad de la fusión. Pensamientos homo eróticos. Un camión lleno de penes que
vuelca frente a mi casa. Bastones que se internan en agujeros recién regados. Peces que se escurren entre las manos.
El precio del cuerpo es el deseo.
La presunción de que el otro por exceso se transfigura.