Revista Perniciosa 2 | Página 12

Cuando la señal televisiva se extinguió emitiendo un pitido agudo y papá subió a su cuarto, quitándose su bata, abrí la caja cuidadosamente y extraje las semillas fosforescentes, las observé con la lupa, me demoré en las curiosas nervaduras, el tegumento rugoso, luego las deposité en la maceta rellena de tierra húmeda con la esperanza de que al llegar la mañana germinaran los falos. Un puñado de cipotes brotando desde el fondo de la maceta empujados por una fuerza sobrenatural. Recordé las indicaciones de Ximena, que al darme la caja me advirtió que no expusiera las simientes a los rayos catódicos. - Comenzaran a crecer unas verrugas verdosas y luego se doblaran, por favor no las acerques a la tele. Tendrás unos penes fláccidos, temerosos y no unas vergas sólidas. Unas vergas hechas de granito como sueñas. Ximena ocultaba bajo la cama un falo robusto de venas azuladas con un glande rosado que resplandecía al verse observado. Lo cuidaba con especial devoción, antes de acostarse con un paño humedecido con vaselina le lustraba la cabeza, luego con una sopapa diminuta estimulaba los testículos que de tanto regocijo soltaban unos chillidos asmáticos. Aquella noche transcurrió demasiado rápido, me masturbé pensando en un bosque de chotas en flor, me dormí con un dedo adentro de la vagina, soñé con unos escarabajos mecánicos desagotando con sus tenazas cañerías atiborradas de semen solidificado. La claridad de la mañana me despertó e impulsado por un frenesí desconocido me dirigí hasta el sitio, entre el closet y la cómoda, donde había colocado la maceta. Un aroma cítrico, alimonado, impregnaba la habitación. Con sumo cuidado tomé la maceta, la acerqué a mis ojos y vi entre los cúmulos barrosos, asomar una pequeña cabecita color púrpura de la cual surgían unos ojitos temerosos que hacían un esfuerzo desmedido por atisbar ese mundo inédito que se abría ante ellos . Tomé la pequeña regadera y derramé unas cuantas gotas sobre el minúsculo bálan