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Esta creencia les llevó a bautizar a una de sus cordilleras principales como Riesengebirge (montañas gigantes). Los escandinavos también compartían esta creencia, e incluso hoy día los islandeses designan sus picos más altos con el nombre de Jokul, una modificación de la palabra Jötun. En Suiza, donde las nieves permanentes reposan sobre las elevadas cimas de las montañas, la gente aún relata viejas historias de los días en los que los gigantes vagaban libremente por el mundo y cuando una avalancha se desprende por la ladera de una montaña, afirman que los gigantes se han sacudido turbulentamente de encima parte de la carga helada de sus frentes y hombros. Los Primeros Dioses. Ya que los gigantes eran también las personificaciones de la nieve, el hielo, el frío, la piedra y el fuego subterráneo, se decía que descendían del primitivo Fornjotnr, a quien algunas autoridades identifican con Ymir. Según esta versión del mito, Fornjotnr tuvo tres hijos: Hler, el mar; Kari, el aire y Loki, el fuego. Estas tres divinidades, los primeros dioses, formaban la más antigua trinidad, y sus respectivos descendientes fueron los gigantes del mar Mimir, Gymir y Grendel, los gigantes de la tormenta Thiassi, Thrym y Beli y los gigantes del fuego y la muerte, tales como el lobo Fenris y Hel. Ya que todas las dinastías reales proclamaban descendencia de algún ser mítico, los merovingios afirmaron que su primer progenitor fue un gigante del mar, que emergió de las olas con la forma de un buey y sorprendió a la reina mientras paseaba sola por la costa, obligándola a convertirse en su esposa. Ella dio luz a un hijo de nombre Meroveus, el fundador de la primera dinastía de reyes francos. Muchas historias han sido narradas ya acerca de los gigantes más importantes. Vuelven a reaparecer en muchos de los mitos y cuentos de hadas posteriores y, manifiestan, tras la introducción de la cristiandad, una peculiar aversión al sonido de las campanas de las iglesias y al canto de los monjes y monjas. El Juguete de la Giganta. Los gigantes habitaban en toda la Tierra antes de que esta fuera entregada a los hombres por los dioses y sólo con disgusto la cedieron, retirándose a las partes desechadas y desoladas del planeta, donde vivieron con los suyos en un riguroso aislamiento. Tal era la ignorancia de su descendencia, que una joven giganta, extraviada de su casa, llegó en una ocasión hasta un valle habitado, donde por primera vez en su vida vio a un granjero arando en las colinas. Juzgándole un bonito juguete, lo cogió junto a su tiro e, introduciéndolos en su mandil, se los llevó jubilosa para enseñárselos a su padre. Pero el gigante le ordenó que llevara inmediatamente al campesino y a sus caballos de vuelta al sitio donde los había encontrado y, una vez hubo hecho esto, él le explicó tristemente, que las criaturas a las que ella había confundido con simples juguetes terminarían quitándose de encima al pueblo de los gigantes y se convertirían en los señores de la Tierra. Los Enanos, Pequeños Hombres.